Presión a tope

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es increíble la presión que se viene ejerciendo sobre Ciudadanos para que facilite la investidura de Pedro Sánchez como nuevo presidente del Gobierno. No son pocos los ámbitos de toda clase y condición que le están haciendo al candidato el trabajo sucio de incitar a Albert Rivera para que este saque del fuego las castañas del procedimiento.
Hasta los más reticentes se han puesto a ello. En la ofensiva están participando egregios fundadores de Ciudadanos y gentes y medios que se han distinguido por su apoyo al Partido Popular y su comprensión hacia Vox. Incluso Mariano Rajoy, que no supo, no pudo o no quiso parar la moción de censura, ha echado su cuarto a espadas.
De todas formas, difícilmente guardarán los anales de la política recuerdo de un caso semejante: el de un aspirante a la presidencia del Gobierno que pretende que otros le den la investidura hecha casi sin salir del escondite; sin una oferta más o menos razonable dirigida a aquel cuyos votos precisa; sin esbozo alguno de contraprestaciones ni planes para la eventual futura cooperación.
Y aunque se asegura que Sánchez calla y observa desde los altos de Moncloa, no diría yo tanto. El candidato presiona también, a través, eso sí, de cualificados lugartenientes. Tal me parece porque salvo para meter miedo con la eventual repetición de las elecciones, resulta difícil de entender la prisa que de repente les ha entrado por dar arranque a la investidura; un trámite que una vez echado a andar ya tiene reglamentados sus plazos de tiempo y efectos.
Así las cosas, pedirle al partido de Rivera un acuerdo similar al de 2016 para de esa manera liberar al nuevo Gobierno de ataduras podemitas y separatistas, parece a estas alturas demasiado a la vista del rotundo “no es no” a Sánchez largamente publicitado. Pero una abstención en segunda vuelta por aquello del bien de España y de la economía –Rajoy dixit– sería más fácil de manejar y justificar.
Debo ser, sin embargo, uno de los pocos que no pondría la mano en ese fuego. Porque el problema es que ni Sánchez ni su partido son de fiar. No tienen credibilidad alguna en el cumplimiento de los compromisos contraídos. Y lo digo porque esa investidura blanca, incontaminada, que dicen querer huele a puramente táctica para seguir amarrados en Moncloa, pero no ofrece garantía alguna de que luego vaya a estar en consonancia con la gobernación de cada día.
Aunque no los necesitase, Sánchez y el PSOE, este y el de antes, nunca van a orillar a nacionalismos y soberanismos. Se lo pide el cuerpo y así ha sido siempre. Lo llevan en los genes políticos. Trayectorias como la moción de censura pasada o episodios postelectorales como el reciente de Navarra, Bildu incluido, y los acuerdos con el PNV en el País Vasco así lo atestiguan.

Presión a tope