Valientes

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Desde hace veinticinco años dirijo un taller dedicado al diseño, fabricación y posterior venta de trajes de novia y fiesta personalizados. Mi trabajo me apasiona y me engulle a partes iguales. Detrás de cada producto que ve la luz, hay una idea mejor o peor, y mucha rapidez para captar las tendencias Que resultan más afines a mi firma y desechar aquellas que no comulgan en absoluto con el espíritu que quiero transmitir. Tras cada nuevo proyecto hay una apuesta que está estrechamente ligada a muchas noches sin dormir y a millones de dudas que no me puedo permitir.

Hasta ahora, había capeado todos los temporales a costa-por ejemplo- de desconocer el sabor que tienen las bajas laborales o un mes entero de vacaciones. Como dueña de un negocio me toca trabajar veinticuatro horas al día para dar el mejor de los servicios a las únicas jefas que tengo: mis clientas. Asumo riesgos, tomo decisiones, coordino trabajos y pienso cada minuto en qué hacer para hacerlo todo mejor, sin embargo, el coronavirus ató mis manos y sepultó mis pies durante meses.

Si luchar contra uno mismo resulta agotador, hacerlo contra los nefastos efectos que un bicho ha desplegado a lo largo y ancho del planeta; resulta un esfuerzo sobrehumano. El maldito virus mató la alegría, congeló las muestras de afecto, canceló muchos eventos y continúa obligándonos a vivir en base a unas medidas que cambian como lo hacen las fases lunares.

El cierre de la hostelería, propicia la caída de ventas en unas tiendas que siguen abiertas para ver la vida pasar, mientras unas luces tan pobres como correctas para los tiempos que vivimos, nos indican sutilmente que en breve llegará una Navidad que lo será menos que nunca porque, sinceramente, hay poco que celebrar.

Miles de personas se han convertido en pobres de repente, los ricos se preservan en sus búnkers y la clase media alta ha pasado a ser más media que nunca. El miedo acecha y solamente la visualización de la vacuna salvadora nos invita a continuar con un atisbo de esperanza en nuestras cansadas miradas. Y, ante un panorama tan incierto, de pronto surgen de la nada los valientes.

Aquellos que, no sabiendo cómo van a saber las cosas, qué pasará con sus trabajos o cuánto tardará en esfumarse para siempre este castigo; dan un paso hacia delante por amor... y, por fortuna, se casan.

No les importa si en el último momento habrá que cancelar la celebración y se quedarán simplemente con el sabor agridulce que deja en los labios una ceremonia de siete con fiesta pospuesta. Tampoco si, en el último momento, deciden confinar una nueva ciudad y los invitados se reducen a la tercera parte, o si estará prohibido el baile. Les da igual porque solo quieren continuar con sus vidas, pero juntos.

Quizás, tal y como decía Confucio, aquel que procura asegurar el bien ajeno, ya tiene asegurado el propio...así que es posible que la única forma de salir ilesos de este drama sanitario que, de rebote, lo es también económico y emocional; sea querernos y querernos mucho, y hacerlo por el bien de todos.

Si hay algo más poderoso que el dinero- que a la vista está que no puede arreglar problemas de esta magnitud-, es el amor. La necesidad de querer y de ser queridos nos da la fuerza necesaria para volar, aunque el panorama sea lúgubre con leves visos de esperanza. Así que, a todos aquellos que apuestan por esta baza, les regalo mi absoluta admiración y les ruego que no dejen de enseñarnos a todos el modo de hacer evolucionar este sistema envenenado.

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