NAVIDAD

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Se sea creyente o no, para muchos la fiesta de Navidad sigue siendo una de las más importantes del año. Desde luego no me refiero ni a los tópicos ni a la parafernalia consumista en que últimamente se ha convertido este período “vacacional”; pienso sobre todo en su sentido familiar, de reencuentros y reuniones, muy esperadas y gozosas. Bien es verdad que para más de uno se trata de unas fechas con sabor agridulce, sobre todo si las circunstancias de la vida no les permiten estar cerca de sus seres queridos. En otros casos puede llegar a ser incluso un momento particularmente duro, por la soledad y el desamparo.
Sean cuales sean las circunstancias en que nos “toque” vivir la Navidad, quizá no esté demás recordar cual es el sentido último de esta fiesta. Se conmemora el nacimiento de Cristo, un hecho histórico de particular relevancia si tenemos en cuenta la repercusión y el alcance que llegó a tener. Pocas veces  un aniversario de este tipo ha llegado a alcanzar tanta trascendencia y significado.
Con lo de trascendencia me refiero a la repercusión que el cristianismo ha tenido y sigue teniendo en la vida de muchos pueblos, entre otros el nuestro, y a lo largo de muchos siglos. En este sentido histórico de traspasar el tiempo y las mentalidades, destaca sobre todo la perduración de un mensaje de amor y de paz. Un mensaje que ha calado hondo e influido no poco en la forma de plantearnos nuestra propia vida y nuestras relaciones con los demás.
Todo esto, sin embargo, nada tiene que ver con visiones más o menos conciliadoras sobre lo que representa el nacimiento de Cristo: “la de un hombre bueno que tendió la mano a los más necesitados y les regaló un sueño de esperanza”, se podía leer recientemente en un artículo de una conocida revista. Para un cristiano la Navidad no es eso, o por lo menos no es solamente eso. La Navidad es la Encarnación del Hijo de Dios que viene a redimirnos. No cabe duda de que hacerse niño en un portal indefenso y sin ruido, no es una idea de liderazgo muy apropiada para nuestras mentalidades. En realidad no lo ha sido nunca, pues la vendida de Cristo es para el creyente la hora de la conversión; o sea la hora del Amor con mayúscula y la caridad sin límites.
En esta época que tantos hablan de crisis de valores, lo que representa la Navidad es el valor más grande a que el hombre puede aspirar, el de la salvación a través de una entrega generosa. Esa y no otra es la esperanza del cristiano, no un vago sueño que se desvanece, sino una carga de alegría al alcance de quien quiera o pueda entenderla con profundidad. Creo que ese es el verdadero sentido del consabido: ¡Feliz Navidad

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