INTOLERANCIA

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No es fácil tratar de la intolerancia con cierta profundidad, ya lo comprobó Griffith a principios del siglo pasado con su grandiosa y fallida película sobre este tema. Pero no cabe duda de que la falta de tolerancia nos preocupa y nos molesta a todos. El problema es que como en otras cuestiones importantes, una vez asentadas las bases y garantizado el consenso general, no siempre resulta sencillo dilucidar quién y cuándo se comporta de manera excluyente o cómo se manifiesta ese mal en nuestra sociedad.

Suele ocurrir en temas como este de la tolerancia que haya quienes se consideran mejores que los demás y se convierten, por lo menos en teoría, en sus principales defensores. Bien es verdad que vienen a ser los mismos que, en cambio, encuentran con facilidad en los demás conductas equivocadas y condenables. En cuanto alguien no les da la razón en algo o no piensa como ellos, en seguida le tachan de intolerante o sectario.

En eso, como en tantas otras cosas, nuestra sociedad no se diferencia de tiempos pasados a los que consideramos fanáticos. Solo que ahora el planteamiento es igual de intransigente pero mucho más hipócrita. De la condición de pecador público hemos pasado a la de intolerante estigmatizado, para excluir a quienes nos perjudican o molestan. Hay mucho cinismo en todo esto, más grave cuanto más profundo es el problema que se nos plantea.

Pensemos en los prejuicios con respecto a la diferencia real que nos ha traído el igualitarismo imperante. Es verdad que estamos dispuestos, por lo menos en teoría, a tolerar e incluso a tratar por igual al desigual; pero al hacerlo no vemos en esa desigualdad una realidad humana que debemos aceptar con todas sus consecuencias, sino que tratamos de ignorar su existencia, como si eso fuese posible. Por eso, en vez de llamar a las cosas por su nombre, se ponen tan de moda los eufemismos, como si así pudiéramos cambiar la realidad.

En el fondo de la cuestión subyace el sectarismo y el fanatismo de siempre, pero ahora oculto bajo una falsa careta de tolerancia e, incluso, de progresía. Cuando defendemos la no discriminación por razones de raza o sexo, estamos defendiendo la condición del ser humano en sí mismo. Pero quien piense, aunque sea de forma más o menos velada, que la solución definitiva sería que no existiera más que una raza o que no pudiéramos hacer ninguna diferenciación sexual, además de ir contra la realidad de las cosas, como los totalitarismos recientes, acabaríamos negando y persiguiendo la riqueza que hay en la existencia de esas diferenciaciones, además de negar sus propias cualidades, cayendo en no pocas aberraciones de las que nuestra sociedad es tristemente testigo.

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