LOS HEREDEROS

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Fue en la era del anterior jefe del Estado gallego, el caudillo don Manuel, el amado líder, cuando de alguna manga salió aquello del “Xacobeo 93” y al calor del dispendio público nacieron, crecieron y se multiplicaron centenares de empresas y ocurrencias ad hoc que se apuntaron al momio. Nada nuevo. La riada de millones que se destinaron a tal evento alcanzó proporciones cósmicas (de universo visible y materia oscura). La alegría y el entusiasmo para tal prodigalidad tenía como objetivo materializar la enésima más alta ocasión que vieran los siglos: la de promocionar en este caso el Camino de Santiago dando a conocer al mundo Compostela y, por extensión, Galicia, y recoger pasado algún tiempo el fruto de aquella inversión en forma de turismo jacobípeta que traería arrobas de divisas, riquezas inconmensurables y publicidad para una tierra olvidada y pobre. El muñidor del invento, Vázquez Portomeñe, se puso a ello con gran generosidad y largueza de caudales públicos. Una minucia en comparación con el provecho que habría de obtenerse. Las iniciativas, hasta las más peregrinas, se sucedieron. Una de las más sonadas fue la de nombrar “embajador” de Galicia a un señor cuya relación con ella venía de que, al parecer, en cierta ocasión a su “pae” se le dio por nacer aquí. También por componer una de las canciones más cursis y aburridas de la historia. La broma costó 300 millones de machacantes de la época. El negocio consistía en colocar la mascota del invento, un mamarracho inflable, en una esquina del escenario donde el cantante actuase. Y ahí se acababa el cuento.
Dicen los responsables de Propaganda que la astuta idea cumplió su objetivo, tras lo cual Galicia vivió una espectacular Edad de Oro que todavía disfrutamos. Aseguran que miles de millones de visitantes de peto lleno y desprendido se desparramaron por nuestro país. Una cresa herencia, desde luego. Pero las herencias no deben dilapidarse, por lo que el sucesor del amado líder intenta repetir aquel exitoso negocio. Para ello, como joven moderno, de su tiempo, contrató a un cantante de actualidad, que, ¡feliz casualidad! es heredero del señor que dicen que a veces viene a zamparse marisco como si se fuese a acabar el mundo (sí, aquel que se llevó 300 millones de leandras por la patilla), y le suelta 300.000 machacantes de los de ahora para que incruste en un videoclip imágenes de emblemáticos monumentos y lugares gallegos. Los fotogramas, embutidos con calzador, dan entrada sin venir a cuento a un lúbrico bailoteo en el interior de un monasterio galaico. Así, mezclados el culo con las témporas, Galicia se promociona con roces lujuriosos, meneítos rijosos y cuerpos con fluidos y humedades en general. ¿Será cierto que los rebuznos sampleados del artista internacional van a atraer turismo? La Xunta dice que sí. Yo que ustedes si algún día se me diese por visitar el cenobio en cuestión me ajustaría antes unos crampones, no fuera a ser que por un mal resbalón diese con mis huesos en un suelo gelatinoso.

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