Ética y política

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El Partido Popular gallego acaba de aprobar un código ético. Entre lo más granado, está la prohibición de recibir regalos por importe superior a  90 euros.
“Que no haya margen para que ningún empleado público pueda valerse de su condición en beneficio personal, ni para agilizar trámites ni para sacar ventajas”, reclamó el presidente.
Ya en tiempos de Aznar se creó un código ético-deontológico de comportamiento interno en el Partido Popular. Data de 1993, y su objetivo era regenerar la vida política, a raíz de los escándalos vinculados al gobierno del PSOE (GAL, Filesa, etc.). A la vista está el inútil resultado obtenido.
El Partido Socialista se encuentra también en esa tesitura, decidiendo cuándo es el momento de  expulsar o suspender de militancia a un miembro de filas.
Este tipo de decisiones, en sentido objetivo, aunque se vislumbran positivas, no dejan de ser una operación de estética, un liftin, y, por lo tanto, un brindis al sol.
El código penal ya castiga estos comportamientos, porque son delitos. Los llamados vulgarmente delitos de corrupción se definen como cohecho, malversación, fraude contra la Administración, etc.
La oportunidad de aprobar un código que nadie va a cumplir solo tiene como objetivo la carrera de las urnas y así correr una cortina de humo sobre la trama Gürtel, Pokémon, Campeón, etc. Y es que, con independencia de que muchos encausados aún no estén condenados, ya se han demostrado las dádivas o presentes recibidos, los favores realizados y los dineros percibidos. Por lo tanto, si entra en vigor el citado Código, que por quien corresponda se ponga a la tarea de expedientar a los de turno. Y esto vale tanto para unos como para otros.
Doce profesores de varias universidades agrupados por la Cátedra Ethos de Ética de la Universidad Ramón Llull (URL) elaboraron el primer Código Ético para Políticos en el año 2012, que recoge los principios que deben regir su trabajo, su relación con la ciudadanía, entre partidos y con los medios de comunicación.
Afirman que han tratado de unir ética y política, dos conceptos que todo el mundo da por rotos.  Y en el preámbulo explican que “la salud democrática de una nación depende de la calidad ética de sus ciudadanos y de sus representantes políticos” y que estos se tienen que ganar su credibilidad generando la confianza en la ciudadanía. ¡Ahí es nada!
Honestidad, lealtad, veracidad, ejemplaridad, austeridad y capacidad de servicio “son actitudes básicas, independientemente de las opciones políticas que legítimamente defiendan”, añade el código.  También subrayan los valores de equidad, tolerancia y espíritu de diálogo y participación.
Como vemos, los postulados sobre la ética en política vienen constituidos por obviedades que no merecerían plasmarse por escrito.  
Son valores esenciales aplicables a la política, por ser esta una actividad dirigida al servicio de los demás y a la búsqueda del bien general, pero también valen para  cualquier otra profesión.  A lo largo de los años se han desarrollado diversas iniciativas, normas y principios con el fin de evitar la corrupción. Ni los gobiernos ni las empresas, ni los particulares, pueden combatir la corrupción por sí solos. Es un problema de comportamiento interno. Vivimos una época en donde, en muchos ámbitos de la vida, lo que vemos, la información que nos proporcionan, o los elementos con los que tomamos decisiones vienen de origen manipulados para crear una realidad aparente, de ahí que la sociedad reniegue de sus servidores públicos, preocupándose más por su quehacer diario, aceptando con demasiada tolerancia esta situación.
¿Es necesario un Código Ético en la política? ¿Es necesario recordarles a quienes gestionan este país que existe la honradez y el buen hacer? ¿Es necesario generar expectativas en una sociedad ya herida y castigada? ¿Por qué es precisa la vuelta a los principios de la educación y de la palabra dada en una promesa electoral? Que cada quien saque sus propias conclusiones.
Emma González es abogada

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