La mediocridad de los caudillos

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De los candidatos de los cuatro grandes partidos venimos escribiendo y hablando mucho más de lo que ellos y sus capacidades dan de sí. Como dirían los cuatro en el uso pueril que le dan al idioma: es lo que toca. Pero ya podía tocar otra cosa, escribir o hablar de algo distinto a la mediocridad que estos candidatos encarnan.
No se trata de un juicio político, ni siquiera de una opinión: ninguno de ellos es capaz, o si son capaces lo disimulan muy bien, de abordar aquellos asuntos concretos que afligen a la nación y que se salen, pues son concretos, de la vaguedad de sus propuestas. Así, por ejemplo, todos se abonan a la glosa del empleo, la regeneración, la transparencia o el I+D+i, como si pronunciando esos vocablos dijeran algo, pero ninguno dice nada, porque nada sabe, del déficit cultural y educacional de los españoles, de la agónica situación de la agricultura y la ganadería, o de la mejor articulación del territorio y del tráfico de mercaderías mediante redes de transporte. Se diría que, suponiendo una extrema simplicidad en la gente, no quieren calentarle la cabeza hablando de la realidad, pero lo cierto es que son ellos los que la desconocen.
Los cuatro exhiben limitaciones políticas, culturales e intelectuales severas. Y eso que son los jefes, cuando no los barandas absolutos, los caudillos, de sus formaciones. Ninguno tiene el valor necesario para decirle a la gente lo que un buen político debe: lo que no quiere oír de sí misma. Rajoy e Iglesias se llevan la palma, pero Rivera y Sánchez tampoco se quedan muy atrás. Los cuatro son unos petardos y por petardos tienen varada la situación política.

La mediocridad de los caudillos