PALABRAS (Y PALABROS)

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“La profesora sustituta llegó a la clase de música de Primaria y anunció: ‘Ahora vamos a cantar todos los niños’. La hija de mi amiga se quedó callada, como el resto de sus compañeras. No se dieron por aludidas. Su maestra de todos los días hablaba de niños y niñas”. Lo cuenta la presidenta de la Comisión de Igualdad del Consejo General del Poder Judicial como ejemplo de la importancia de utilizar lo que se conoce como lenguaje no sexista. Los escalofríos me siguen recorriendo la espalda.

El lenguaje influye en la formación de las personas y de sus actitudes, dice esta buena mujer. Sin duda. Y hacer creer a una niña de seis años que debe hablar de amiguitos y amiguitas para hacer lo correcto es encaminarla al ridículo. Y a la más absoluta incomprensión. Educar en igualdad no es enseñar a retorcer el idioma hasta convertirlo en imposible. Pervertir el castellano no es avanzar, sino todo lo contrario.

El objetivo esencial de una lengua es la comunicación. Inventar duplicidades de género y rebuscadas fórmulas colectivas es desnaturalizarla. Recargar el mensaje hasta lo insoportable es una suerte de interferencia que solo ayuda a que terminemos por perdernos en las formas sin conseguir captar el contenido. No puedo imaginar una conversación cotidiana en la que se hable de salir con amigos y amigas o de ir al parque con hijos e hijas. Cada frase resultaría un ejercicio agotador y hablar dejaría de ser un proceso espontáneo.

Hacer creer a una niña de seis años que debe hablar de amiguitos y amiguitas para hacer lo correcto es encaminarla al ridículo. Y a la más absoluta incomprensión

 

Como ya han explicado los expertos en la materia, esto es lo que sucede cuando se confunde género con sexo. Biología con gramática. Caer en la redundacia, en el error lingüístico, no ayuda en absoluto a la visibilidad de la mujer que se pretende conseguir con esa coletilla resabiada que quieren colocarnos tras cada palabra mal calificada como sexista. No hay en mi entorno una sola mujer que se sienta excluida por las formas de plural “masculinas” que engloban a ambos géneros. Del mismo modo que no hay un solo hombre que se sienta discriminado cuando se alude, por ejemplo, a periodistas y no a periodistos.

Sensatez y economía del lenguaje. Premisas de las que se olvidan los que pretenden imponernos una moda que más allá del atentado estético es un auténtico sinsentido. En esta cruzada, quiero pensar que abocada al fracaso, los innovadores de la lengua han plantado sus bases en el ámbito político. Si los diputados quieren perder la mitad del tiempo del Pleno dirigiéndose a sus señorías y señoríos es su problema. El nuestro es que también han ganado importantísimas plazas entre los que enseñan a nuestros hijos. El día que mi sobrino llegue a casa hablando de sus compañeros y compañeras habrá que cambiarlo de colegio.

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