Violencia cero

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Arranca 2016. Siempre pedimos Paz en el mundo. Necesitamos un mundo sin guerras, sin conflictos,  ni siquiera a nivel interno. La violencia es una de las lacras a las que se enfrenta la sociedad actual, una de las más agresivas de la historia de la humanidad, según la Organización Mundial de la Salud, que afirma que el incremento de los actos violentos supone un grave problema mundial.
Sorprendentemente los especialistas afirman que los enfermos mentales son menos violentos que los individuos sin trastornos psicológicos,  y son estos quienes más contribuyen a producir sociedades violentas. 
Destacan que el siglo XX ha sido el más violento de la historia de la humanidad, y los comienzos del XXI parecen continuar esta pauta.  
Basta observar que determinados instrumentos como las redes sociales que se crearon para mejorar recursos de la especie homínida, han pasado a convertirse en el “ser” dominante del planeta, utilizándose  para la destrucción y la contribución al incremento de enfrentamientos bélicos. De ahí el crecimiento del llamado DAESH que capta adeptos en los rincones más sorprendentes y “civilizados” del mundo. 
Y no se pone un punto de cordura. Hasta los políticos que pretenden gobernarnos son agresivos y violentos en sus discursos. Mientras, siguen muriendo mujeres a manos de sus parejas. Se sigue asesinando inocentes o vemos el sufrimiento y maltrato de los refugiados que escapan de la barbarie. 
Mientras, nos tomamos el café,  platicamos con los amigos sobre cenas, comidas o regalos de Navidad. En definitiva, nos hemos acostumbrado a observar la violencia sin mayor problema. Nos entra cada día a través de diversos prismas: la calle, la televisión, los amigos.
¿Somos violentos por naturaleza?  Realmente no hay estadísticas para mantener una afirmación u otra. Resulta difícil  realizar una clasificación sobre qué prácticas pueden calificarse como violentas, pues cada vez ese término abarca terrenos más sutiles. Eso sí, pese a lo complejo  de la cuestión, los científicos nos dicen que la agresividad depende mucho más de los estímulos sociales y culturales que de causas biológicas.
Hay palabras cuyo significado compromete análisis enteros. Ocurre con la violencia, que se comporta de forma escurridiza cuando alguien intenta comparar de modo cualitativo su presencia a lo largo de la historia. 
La violencia como acto en sí mismo puede implicar tanto el sometimiento de alguien a la voluntad de otra persona o grupo (piénsese en la violencia de género, el moobing o Bullyng). 
Y no se trata sólo del golpe de puño para castigar o doblegar a alguien, sino también del maltrato verbal; incluso, de la imposición ideológica más sutil. ¿Entraría el proceso de descrédito de valores culturales y religiosos? ¿Y la anulación de ideas por medios aparentemente pasivos, como la escuela o los medios? ¿O la misma fuerza que ejerce el hombre sobre la naturaleza para satisfacer sus necesidades? 
No debemos obviar que muchas actitudes que hoy se consideran violentas no tuvieron el mismo cariz en otras épocas, como es el trato a los niños o a las mujeres; las relaciones de poder entre las personas y dentro de las comunidades, etcétera. 
Por lo tanto, es posible que exista más violencia en nuestro entorno, pero de lo que no cabe duda es que es mayor el rechazo a prácticas que en otro tiempo no estaban condenadas y eran habituales. 
La agresión siempre ha estado presente en los seres humanos y en el resto de especies como medio de supervivencia. 
Ahora bien, muchas de las acciones violentas condenadas por la sociedad pueden provenir de «un mal funcionamiento del sistema más que de una realidad biológica». Algunos circuitos vinculados con esas actitudes pueden activarse por estímulos injustificados en el contexto social, es decir: puede haber sujetos gratuitamente agresivos. Otra cosa es que la existencia de estos justifique la totalidad de situaciones violentas. 
Emma González es abogada

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