Ábalos se mete a cuentista

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A César Luena no lo conocía nadie cuando Pedro “La Sonrisa” Sánchez lo adoptó como perro de presa y lo nombró secretario de Organización. A los dos días, sin embargo, ya lo conocía todo el mundo gracias a su oferta de montar una pasantía para dar clases de democracia interna a todos los partidos. Los críticos teatrales estaban asombrados de sus dotes para la comedia y se lamentaban de que hubiese preferido la política a las tablas. Otro tanto ocurría con José Luis Ábalos, un perfecto desconocido hasta que Sánchez lo puso al frente de la jauría. A partir de entonces inició una brillante carrera, propia de una estrella del canódromo, pero el pobre ya está quemado y parece carne de protectora. Su último ouveo lo confirma. A principios de mes anunció que su ministerio, el de Fomento, estudiaba imponer peajes –”una cantidad simbólica”, dijo– en la autovías. Ayer se desdijo y afirmó que el peaje era “un cuento de agosto”. Pues lo contó él.

Ábalos se mete a cuentista