Pancarta única

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No sé si será por aquello de los ahorros que la crisis impone. Pero hasta los poderosos sindicatos empiezan a tener un modelo único de pancarta. Trátese de lo que se trate, el gran lema de cabecera en las manifestaciones comienza a ser el mismo: “No a las privatizaciones”. Toda reforma suscita similar reacción. Dicen que se trata de una respuesta preventiva por lo que pueda suceder.
Da igual que se trate de la sanidad, que de la enseñanza, que del transporte, que de las corporaciones locales, que de los medios públicos, que de lo que sea. La pancarta de marras aparece incluso en situaciones en que el acontecer de cada día es manifiestamente contrario, como en estos nuestros lares sucede con la sanidad. Se construyen nuevos centros de salud y hospitales públicos, se reforman sustancialmente no pocos de los ya existentes, se abordan nuevas formas de gestión clínica para hacerlos más eficaces. Es igual: “No a la privatización”.
No le falta, sin embargo, razón a la conselleira Rocío Mosquera cuando dice que, aunque sea falso, ha calado el mensaje de que la sanidad está en riesgo. Es consecuencia inevitable de tanta manifestación callejera política y sindical y –a mi juicio, también– del desproporcionado eco que las desproporcionadas protestas vienen recibiendo en los medios de comunicación convencionales.  
Replicó el presidente Feijóo con eso de que cada hospital público tiene la misma garantía de tal que la catedral de Santiago y asegurando que mientras él esté al frente de la Xunta la sanidad pública está blindada. A pesar de todo, el fantasma de la privatización seguirá vivo, por mucho –repito– que los hechos demuestren lo contrario y por muchas campañas publicitarias que se promuevan. Y es que su simple invocación constituye un magnífico banderín de enganche para esas y otras manifestaciones de evidente trasfondo político; para ese dirimir en la calle lo que en los Parlamentos no sale adelante.
Creo por lo demás que en este y otros ámbitos no se ve al presidente de la Xunta y conselleiros como muy proclives a las privatizaciones, al menos en el meollo de los servicios que la Administración está llamada a prestar. Y refiriéndonos en concreto a la sanidad, después del conflicto surgido al efecto en la Comunidad de Madrid no creo tampoco que se metan en semejantes charcos.
Pero el reto de la inevitable reforma sanitaria está ahí. Los estudios más optimistas aseguran que para poder dar la cobertura que demanda la ley –universalidad y equidad– el gasto sanitario preciso habrá de ser en 2020 el doble que en 2010, que ya fue del 9,3 por ciento del PIB. ¿Quién y cómo se pondrá el cascabel a ese gato?

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