La mala educación

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No, el artículo no trata de la famosa película de Almodóvar, sino sobre el poco civismo y la mala educación que desde hace tiempo se adueñó de los espacios públicos y privados de este país. Es como si se produjera una mutación sociológica en los códigos que rigen la cordialidad.
El otro día un amigo comentaba, que al acceder a una cafetería para tomar su acostumbrado café mañanero, un individuo de complexión fuerte y frisando los cincuenta, que en aquel momento salía del establecimiento, tropezó con él, produciéndose un encontronazo tan fuerte entre los dos que este amigo casi se despatarra. Ni un “disculpe” ni un “perdón” de parte del individuo que salía. Mi amigo, con una gran dosis de indignación contendida, hizo una especie de mueca muda, casi imperceptible, en cierto modo hasta disculpándose, a pesar de que no era culpable del choque, pero las neuronas del “espécimen” que salía procesaron el gesto de otra manera, fulminando a mi amigo con la mirada, una mirada agresiva, insultante. No llegó a suceder nada, puesto que, finalmente, la pelotera pudo ser evitada por el buen tino de la “víctima”. Este es un ejemplo cercano, sin embargo, episodios de este tipo suceden con frecuencia.
En este país pedir perdón parece ser sinónimo de debilidad o de orgullo mal entendido. O quizá de ambas cosas. ¿Qué está pasando? ¿Qué fueron de las reglas de cortesía y civilidad? Mucha gente no es consciente de la pérdida de esos valores. Tienen que salir al extranjero para poder establecer las diferencias. O asombrarse al ver los niños pequeños de los guiris que nos visitan –sobre todo del norte de Europa– lo educados que son. Nada que ver con la “tropa” carpetovetónica.
Vivimos en una sociedad permisiva donde todo está “autorizado”, donde los padres no son padres, sino coleguillas de sus hijos. Aquí se confunden y tergiversan todas las normas. La grosería y el insulto son parte de la vida misma, los que más vociferan parecen tener más razón, todo es cuestión de intensidad, de volumen. Aquí los comportamientos toscos y zafios son aceptados socialmente, están bien vistos. Desde luego, este modo de ser, de estar y de comportarse, está relacionado con los valores perdidos, como son la solidaridad, el compañerismo, la honradez, la empatía, etcétera. Quizá la influencia perniciosa y nociva que regurgitan algunos medios audiovisuales ha contribuido a la construcción de este tipo de conductas rechazables.
O quizá todo empezó hace unos años atrás. Los guionistas de los medios audiovisuales, influenciados por las series televisivas norteamericanas, empezaron a romper las reglas, digamos el buen gusto en el uso del idioma, introduciendo en las series “made in Spain” un vocabulario soez y vulgar. Y ese “léxico” lo hizo suyo toda una generación, por lo tanto, hoy forma parte de la comunicación cotidiana.
Es imposible que de pronto la sociedad pueda utilizar palabras correctas y cultas, esos cambios llevan tiempo. Sin embargo, se puede exigir a los medios audiovisuales nacionales un código de conducta en la aplicación del buen gusto en el lenguaje. Aunque antes habría que explicarlo, es decir, para que nadie piense que tal exigencia es cercenar la libertad de expresión.
El problema tiene gran importancia, puesto que no sólo los jóvenes están utilizando un vocabulario ordinario, sino que las groserías y los comportamientos hostiles y descorteses también están siendo patrimonio de los más adultos, nos referimos a personas de mediana edad. El efecto contagio se siente y, sobre todo, se “sufre” en los lugares públicos. Por otro lado, no hay que olvidar que las palabras contribuyen a la construcción de comportamientos y actitudes; no son simples vocablos para la comunicación.
El glosario que utiliza la sociedad actual para comunicarse es preocupante, alimenta incluso pautas y estilos antisociales. Las palabras, como la música, tienen un gran poder para influir en las emociones de las personas. Y los poderes públicos, que son responsables de crear las condiciones para que exista una sociedad sana, deberían hacer algo en ese sentido.

 

La mala educación