Objetividad

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Hay un viejo sueño, para mí irrealizable incluso como sueño, y es el de ser objetivo. Nunca lo entenderé, me esfuerzo, pero esa palabra interfiere entre la vida y yo y es imposible que llegue a tener sentido. En el mundo del periodismo se utiliza mucho para remarcar que uno es ecuánime y no interfiere en la realidad; es como un marchamo de integridad periodística. Entre ellos mismos se dice: dejemos la verdad para los filósofos y los místicos. Para, por otra parte, añadir que nadie lee más allá de los titulares o un texto corto. “La mesa es blanca”, “Las paredes son grises” no es lo mismo que cuando uno ve correr sangre o hacer un desfalco de dinero que nos incumbe a todos. ¿No es la objetividad una forma de mantener el negocio periodístico que muchas veces nada tiene que ver con la verdad? ¿Qué hace por Palestina un “texto objetivo” más que “la carta desde Gaza” leída por John Berger? Toda información tiene la pasión de lo local, de la cercanía, del amor, pero también de la indignación. Cuando un periodista pregunta en una rueda de prensa para sacar información, ¿es objetivo? ¿Y cuándo esboza una media sonrisa ante un hecho que sabe que es mentira? ¿Es un periodista una mesa negra, un chocolate caliente, en definitiva un ser inmaculado sin pasiones? No, lo que le marca la objetividad o el silencio es el medio para el que trabaja. La objetividad susodicha no quiere transformar nada, mancharse las manos aunque ya ha elegido; la neutralidad no existe. La “objetividad” no se hace cargo de nada, es un testigo muerto, pero cuando trata de escribir o hablar las palabras, lo delata su propio temblor. Interpretar es tomar partido, el que solo bebe agua está hablando de sí mismo. Decía Julio Camba que, en un periódico, un periodista no puede tener más personalidad ni más ideas que las de la casa. Y añade: “El calamar se parece al periodista en dos cosas fundamentales: en que puede tomar a voluntad el color que más le convenga y en que se defiende con la tinta”. Sigue: “Si la arena es roja, el calamar es rojo, y si la arena esta entreverada, el calamar aparece igualmente entreverado”. La objetividad es el viejo sueño del dios de la Ilustración, el intento de postrar a cualquier opinión que en definitiva se ensucia como la vida. “El periodismo es una gran cosa a condición de abandonarlo a tiempo”. (Dicho de principios del siglo XX).

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