EL OTRO GARZÓN

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 Dejemos de lado las comparaciones y obviemos que la sentencia emitida ayer por el Tribunal Supremo contra el magistrado de la Audiencia Nacional Baltasar Garzón supera con mucho las consideraciones que otras instancias judiciales han tenido a la hora de reprobar acciones del mismo estamento que han finalizado, por negligencia o simple desidia, incapacidad u omisión del deber, con el resultado de la muerte de inocentes.

Dejemos también de lado el hecho de que Baltasar Garzón ya no es juez y sí, más que nunca, ciudadano, aunque con la ventaja inequívoca de haber estado al otro lado de la barrera

 

Dejemos incluso para el torrente de análisis ya iniciado, el hecho de la unanimidad que tal resolución ha encontrado en el Alto Tribunal, tan dispar en otras numerosas ocasiones de mayor calado, al menos en lo que al espectro político o social se refiere. Quédemonos con el simple hecho de que lo que se ha juzgado, aun siendo objeto de reprobación, estaba, desde el principio, supeditado a la necesidad jurídica de no permitir tanto la indefensión de los imputados en el caso Gürtel como de asegurarse, desde el punto de vista legislativo, la total carencia de disensión en cuestión tan trascendental como es que las escuchas ordenadas por el condenado pudiesen sentar jurisprudencia. Solo así se puede entender, tal vez, ya no solo la decisión unánime sino la dureza que supone para un magistrado de más que probada trayectoria profesional, con fallos pero también con enormes aciertos, ver truncada su carrera y, con toda seguridad, su razón de ser. Queda el recurso ante el Constitucional. Pero diría que también queda, o se gana, el recurso de contar con Garzón. Dejemos también de lado el hecho de que Baltasar Garzón ya no es juez y sí, más que nunca, ciudadano, aunque con la ventaja inequívoca de haber estado al otro lado de la barrera, de conocer en detalle el funcionamiento de una Justicia capaz de apartar de la carrera judicial a uno de sus más reconocidos profesionales y que, lejos de suponerse imparcial, parece aportar al conjunto de la ciudadanía la idea de la distancia, de la politización que transmite, sin ir más lejos, el hecho de que dentro y fuera de la Magistratura se asuma el hecho de que existan jueces progresistas y conservadores. Al margen del hipotético recurso que presente Baltasar Garzón ante el Tribunal Constitucional –difícil, no sé por qué, de que contradiga tan básica cuestión de la acción judicial–, el interrogante que se plantea es saber hasta dónde puede llegar alguien que como él es considerado acérrimo defensor de los derechos humanos sin la atadura de la Magistratura y sí con la simple y noble arma de la defensa de los indefensos, de la búsqueda de la verdad o de la simple y natural obligación, que debería ser común a todo ser humano, de perseguir la injusticia, el crimen, el acoso, la humillación, la ignominia, la desidia, el abandono, el abuso de autoridad o el escarnio... Se aparta de la carrera judicial a alguien que ha estado en todos estos frentes y muchos más, pero dejemos a un lado eso. Queda ahora el otro Garzón, el que no es juez.

EL OTRO GARZÓN