La Reconquista

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Aprincipios del siglo XIX un profesor de la Universidad de París, Guizot, en un alarde de chovinismo, enseñaba a sus alumnos que Francia, en la práctica, había sido la cuna de todas las civilizaciones. Aunque para su propósito patriotero no necesitaba matizar, es necesario advertir que se refería sobre todo a la civilización occidental, que ya es bastante. En este sentido algo de razón no le faltaba, sobre todo si consideramos al Imperio carolingio como uno de los fundamentos de los orígenes de Europa. Sin meternos en muchos berenjenales históricos, recordemos que Carlomagno consiguió unificar bajo su poder toda la Galia y la Germania, además del Norte de Italia, coronándose en Roma emperador el año 800. Las ambiciones del caudillo franco llegaron incluso más lejos, incluyendo territorios de la Península Ibérica en poder del Islam, como lo demuestra el hecho de que conquistara Barcelona e intentara apoderarse de Zaragoza. Esto último fue un fracaso y terminó en la famosa emboscada de Roncesvalles por parte de los vascones a la retaguardia del ejército franco. En torno a Barcelona sí que surgieron una serie de condados y vizcondados de carácter feudal, que configuraron un territorio llamado a convertirse en uno de los principales núcleos de la Reconquista cristiana en la Península Ibérica.
Nuestros reyes asturianos, esos que como sabemos habían empezado su particular batalla contra el Islam incluso antes del año 800, debieron tener alguna noticia de todo esto. No sabemos hasta qué punto pudo influir en sus planteamientos, pero parece que muy poco. Así que Carlomagno y los suyos, cuyo imperio no tardaría en sufrir terribles agresiones por parte de vikingos y húngaros, hasta casi su total aniquilamiento, poco o nada tuvieron que ver con la resistencia y sucesivos avances cristianos en la Península, que fueron producto de la iniciativa de sus propios gobernantes; entre los que hay que incluir, desde los inicios del mismo siglo IX, a los reyes de Navarra. La Reconquista española es un fenómeno absolutamente original, nacido desde la perspectiva de distintos núcleos de resistencia cristiana, en el norte peninsular y frente al imperialismo islámico. Un proceso con bases muy profundas y antiguas, que habría de dar lugar a una de las grandes naciones europeas y de los primeros estados modernos. El centralismo europeo, incluido el actual, puede considerar periféricos este tipo de fenómenos; mientras que determinados planteamientos, no ya chovinistas, sino nacionalistas y estrechos, pueden intentar negar realidades históricas. Pero al margen de las apetencias que tenga cada uno en la actualidad, nadie está legitimado para tergiversar la maravillosa realidad histórica de España.
 

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