La f(r)actura catalana

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Un soberano, monarca de sí mismo, incapaz de estar a la altura, rechazando audiencias de la presidenta del Parlamento de una comunidad en tránsito de fuga. Un presidente “en funciones” que prioriza sus intereses personales, acosado por la marea corrupta en la que está inmerso, junto a su partido. Un “expresident” tocado y hundido por un tres por ciento que pronto será alcanzado por la larga sombra judicial del clan Pujol y que antepone su soberbia a los intereses de Cataluña, fracturada en dos mitades. Un negociador de Junts pel Si subasta a israelíes por palestinos en factor 10. Según este impresentable: ¿a cuánto se cotiza un catalán por andaluces, gallegos o extremeños? 
Los asistentes de la CUP, haciendo trizas su carta de valores, siguieron negociando, cuando lo ético sería haberse levantado de la mesa y acudir a la fiscalía. Felipe de Borbón y Grecia, Mariano Rajoy, Artur Más, Oriol Junqueras, Carles Puigdemont, Carme Forcadell, José Fernández Díaz y cientos de corresponsables, nos hacen meditar: ¿Existe vida inteligente? ¿Acaso somos el eslabón perdido? ¿Cuánto nos separa de Atapuerca? Allá, a lo lejos se adivina la fuga de la razón que de la mano de la inteligencia, atraviesan la Junquera, camino de Avignon.
La quimera catalana se ve fortalecida ante la debilidad del poder central, más preocupado en cerrar sus propias vías de aguas –los fontaneros de Génova no dan abasto– que de la gobernanza de un país, que demanda cambios urgentes. Que se puede esperar de un poder establecido que acude raudo a proteger a una infanta sentada en banquillo, la última de la fila, poniendo en evidencia los resortes del Estado, ante el sonrojo de la ciudadanía, para acudir al rescate de una corona de oscuro pasado e incierto futuro. 
El nuevo presidente de la Generalitat ha pedido a los altos cargos que sean “conscientes del encargo del pueblo”. Un curso acelerado de coherencia política les llevaría navegar entre dos aguas, entre las dos orillas de un pueblo que está dispuesto a creer falsedades al verse traicionado por medias verdades, que es la peor de las mentiras. 
Este es el símbolo inequívoco de la fractura catalana. La hoja de ruta soberanista de los poderes fácticos, con destino a ninguna parte, precisaba un colaborador necesario y se desplazaron a Madrid para encontrarlo entre los pasillos de La Moncloa y los despachos renovados de Génova, por cierto, sin asiento contable que justifique su abono. El escenario se preparó al detalle, el frente españolista, por un lado y el soberanista catalán, por el otro, unidos por un interés común, su supervivencia, y con vasos comunicantes para provocar “el cuanto peor, mejor” que daría rédito a sus objetivos diametralmente opuestos. 
Los rehenes asisten perplejos y temerosos a una colisión con resultados catastróficos, sin vencedores, sin vencidos, solo existen perdedores. Los pueblos, llenos de ira, pueden reaccionar abandonando la razón y haciéndonos retroceder un milenio en el futuro para regresar al pasado de donde nunca debimos partir. Quizás en algún rincón, tal vez en alguna parte, queden restos de dignidad que puedan dar sentido a la sinrazón. 

La f(r)actura catalana