La educación, asignatura pendiente

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Aveces, al empezar a escribir una columna el redactor padece el síndrome del “folio en blanco”, un problema que aparece cuando se quiere contar una historia y no se sabe por dónde empezar. 
Eso ocurre siempre que se escribe del universo de la educación. Ahora mismo, el cuerpo pide un comentario sobre boicot a la reválida de sexto de Primaria, rechazada totalmente en unas autonomías, parcialmente en otras y cuestionada por gran parte de la comunidad educativa. 
Hay que decir que este caos no apareció por arte de magia. Hace años que los profesores, alumnos y padres –y los ciudadanos en general– piden a los dirigentes políticos que se sienten y debatan sus propuestas y diferencias hasta llegar a un pacto de Estado por la educación, que es clave para el crecimiento integral de los jóvenes escolares y para el progreso de todos.  
Lamentablemente, los gobiernos de turno no escucharon ese clamor popular y, en lugar de buscar el acuerdo nacional, contemplaron la educación como un campo de experimentos, más preocupados en colocar su ideología e intereses partidarios que por diseñar un buen sistema educativo con las aportaciones de todos.
Consecuencia de esta irresponsabilidad son las siete leyes de educación que los políticos parieron en menos de cuarenta años, una insensatez que genera desconcierto a alumnos y profesores, angustia en las familias y causa enormes perjuicios a la cultura y al desarrollo económico del país.
De todos aquellos lodos son la tasa de fracaso escolar, la pérdida de la cultura del esfuerzo, del prestigio de la función docente, de la autoridad de los profesores y del nivel de las universidades, muy relegadas en todas las clasificaciones internacionales.
El sistema educativo debería recuperar el consenso para hacer frente a estas deficiencias, buscar la coordinación entre las 17 autonomías incorporando las singularidades de cada una y emprender la reforma urgente de planes y programas de estudio en todos los niveles educativos para adecuar la formación de los estudiantes a las necesidades y demandas del mercado laboral y de la sociedad.   
Pero den por hecho que “sus señorías” seguirán sin escuchar a los ciudadanos. Lamentable porque, después del espectáculo bochornoso de la reválida, si tuvieran algo de sentido común y vergüenza harían un alto en sus campañas para comprometerse con la educación –gobierne quien gobierne– que es la gran asignatura pendiente de la democracia. 

La educación, asignatura pendiente