El pensamiento cerrado

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Normalmente, cuando abrimos los ojos y observamos, la realidad somete nuestra inteligencia a la dura prueba de la vibración caleidoscópica de sus singularidades. Entonces nuestra comprensión se ve agotada ante la complejidad de sus inextricables estructuras, y nuestra necesidad de modelos conceptuales se ve desbordada por los inéditos desarrollos que la historia manifiesta.
Rendirse a nuestra incapacidad para agotar su comprensión significa aceptar nuestra limitación pero también empeñarnos en una aproximación cada vez más completa. Sin embargo, cabe también la posibilidad de afirmar la soberanía de nuestro pensamiento. Esta es la disposición que lleva al nacimiento de lo que suele denominarse ideología, que puede entenderse, sobre todo desde una perspectiva radical, como un pensamiento sistemático y cerrado sobre la realidad social que se toma como presupuesto de la actividad política sin contraste alguno con la realidad.
La expresión “pensamiento sistemático cerrado” parte de postulados, de aseveraciones no demostradas y sin base empírica; se desenvuelve deductivamente; es omnicomprensivo, abarca todos los aspectos de la realidad; es proyectivo, tiene capacidad para predecir cara a donde, cómo y por dónde camina la realidad social. Por eso, puede decirse que la ideología cerrada cumple la aspiración fáustica y se resuelve al final en el amargo despertar del aprendiz de brujo. Porque, no lo olvidemos, parece que la realidad sigue siendo terca.
Las ideologías cerradas, cualquiera que sea su orientación, intervienen en la vida política desde la base de ideas predeterminadas, desde desarrollos sociales dogmáticos. Y, es lo más grave, ejercen su acción con una idea tan clara de lo que debe ser la sociedad y con una confianza tan plena en los métodos que se deben emplear para conseguirlo que su aplicación termina por conformar una especie de horma que acaba por ahogar la acción social y civil. .
Además, la ideología cerrada vicia el discurso político porque reduce a sus términos todas las propuestas que puedan surgir a su alrededor, sometiendo a su esquema simplificador cualquier discurso o idea. Y así, por ejemplo, desde las posiciones ideológicas de la izquierda se considera derecha a todo lo que no sea izquierda, igualmente al fascismo que al liberalismo. Y desde la derecha se considera comunismo o marxismo a todo lo que no sea supremacía del mercado, individualismo o consumismo. Desde luego, demasiado ismo, y demasiado presente, a pesar de los pesares, entre nosotros.

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