PATINHA

|

Suele suceder que a menudo no tomamos consciencia del tiempo transcurrido, y que este, de pronto, es perceptible al encontrarnos con viejas amistades. Pasa por la redacción Manuel Patinha, no sé si portugués de corazón y alma ferrolana o tal vez lo contrario, pero en cualquier caso a punto de abrir nueva exposición, esta vez de pintura –aunque con alguna escultura también–, en Sargadelos. Así que surge el habitual comentario de cuándo nos conocimos y en qué circunstancias. En 1987, le recuerdo; y sé que en primavera, porque el día amanecía ya pronto y la calidez de la jornada invitaba a tomarse las cosas con calma, aunque con el habitual trabajo. Veintisiete años ya. Casi nada, aunque no se vislumbren en él muchos síntomas del tiempo transcurrido. Enjuto, más artista que nunca, revestido ahora de un nombre que entonces, aunque ya llevase tiempo entre pinceles y la adoración por Seixas, después de su paso por las plataformas petrolíferas, todavía estaba en ciernes. ­—El tiempo, Manolo. Le digo.

PATINHA