EL PAÍS DEL DISPARATE

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Yseguimos sin gobierno. Aunque en Bélgica estuvieron dos años sin él y no ocurrió ninguna catástrofe. Si los que mandan no son los que pensamos, sino que son los otros (Ibex-35,FMI, BCE, etc.), entonces ¿para qué preocuparnos? Los únicos que deberían estarlo son los partidos del “turnismo”.
Una cosa es clara. Si antes era complicado alcanzar acuerdos en este país, ahora lo será mucho más. Aunque no todo hay que mirarlo por el lado negativo, el multipartidismo tiene sus ventajas. Hasta es posible que se frenen las “malas prácticas” políticas, nos referimos a la corrupción. Primero, porque el dinero ya no correrá a borbotones, como sucedía antes. Y segundo, porque se vigilarán los unos a los otros, no porque sean un portento de honestidad, sino para defenestrar al contrario, hacerle morder el polvo, desprestigiarle, hundirle. Si no hay argumentos se inventan. No olvidemos que la envidia siempre fue el gran “hobby” nacional. Somos un país cainita y vengativo. Muchos de los crímenes cometidos en la guerra civil fueron por envidias, o por venganzas personalísimas, más que por cuestiones ideológicas. Algunos se aprovechaban de la trágica coyuntura para deshacerse de su “enemigo”, un vecino que a lo mejor su único “crimen” era haberse casado con la mujer equivocada, de la que el delator estaba enamorado.  
Sin duda, hemos cambiado. Aunque no tanto. Seguimos siendo un país de pillos, que practicamos las trampas y las deslealtades. Sólo hay que escuchar “La Gran Vía” –una zarzuela que tiene más de cien años – para ver que nuestros políticos siguen igual. En aquella época –como hoy– también había “partos” políticos, se parían nuevos partidos, nuevos proyectos. Como le decía el paseante de la Gran Vía a su acompañante, el Caballero de Gracia, nuestros políticos todos los días hacen proyectos, decenas de proyectos, son muy “proyectiles”. Curiosamente, hoy siguen haciendo lo mismo, aunque los proyectos no tenga sentido. Aquí cada uno se inventa algo. No importa si es razonable o no, si hay dotación presupuestaria o no. 
Lo importante es la discrepancia, hacerse notar, para que el resto de la parroquia crea que el discrepante es más inteligente, más audaz. En la famosa zarzuela aparecen “Los Ratas”, un grupo de carteristas que son los amos en un barrio de Madrid. El filósofo Nietzsche vio el estreno de la obra en Italia, quedándose sorprendido por el ensalzamiento que en ella se hace de los delincuentes. El alemán demostró que no nos conocía. No sabía que aquí al delincuente, sobre todo al de cuello blanco, se le ensalza, se le venera. Es casi un dios. La gente dice: ¡qué tío más listo!, ¡es un crack! Aquí se admiran las “virtudes” del pillo, no las de la gente honesta. A esta última se le mira con desdén, incluso hasta con cierto desprecio.
Es aleccionador leer sobre lo que fue la llamada “sublevación cantonal”. Aquella fantochada fue uno de los episodios más grotescos de nuestra historia. Ahí es donde podemos darnos cuenta hasta donde somos capaces de llegar. 
Aquel desvarío fue un auténtico esperpento, una chanza, una comedia bufa. Pero costó unos cuantos muertos, lamentablemente. Aquí somos capaces de tomar a chirigota las cosas serias y a cuchufleta las trágicas. Aquí cultivamos el disparate, lo amamos. De hecho, no podemos vivir sin él. Forma parte de nuestro “yo”, sin el disparate no somos nada. 
En todas partes cuecen habas. Pero los carpetovetónicos somos capaces de llegar al más espantoso de los ridículos. Cuando luchábamos contra los gabachos, el alcalde de Móstoles les declaró la guerra, él solito. En el último ajuste de cuentas que tuvimos, los anarquistas en Aragón, con el frente a 50 kilómetros, se dedicaban a la revolución; y en las calles de Madrid los comunistas y los socialistas andaban a la greña, es decir, a tiro limpio. 
Es obvio que no somos nada cartesianos. Practicamos continuamente la desunión, la división, la disgregación. Somos el anti-método por naturaleza, la anti-norma, la anti-disciplina. Por lo tanto, el futuro se torna incierto. No es precisamente para tirar cohetes o para que nos invada el optimismo. 
 

EL PAÍS DEL DISPARATE