El espejo roto

|

Si se confirman los indicios de que entre supuestas herencias y manejos económicos Jordi Pujol y familia podrían haber acumulado en el extranjero a lo largo de estos últimos treinta y tantos años una fortuna que rondaría los 1.800 millones de euros (es decir, algo así como 300.000 millones de pesetas), estaríamos sin duda ante uno de los mayores casos de corrupción de los que se tiene noticia.
No se trata, como algunos pretenden, de un asunto particular. Entre otras razones porque detrás de tales dineros bien podría haber estado operando toda una implacable y eficaz máquina de corrupción institucional. Y porque no se puede olvidar que Jordi Pujol ha sido presidente de la Generalitat catalana durante veintitrés años, que ganó siete elecciones autonómicas consecutivas, que ha estado funcionando como el personaje de referencia del nacionalismo catalán,  que ha presumido no pocas veces de sensatez y sentido de Estado ante el Gobierno central, y que se ha envuelto en la bandera de Cataluña siempre que las cosas –particulares y públicas– se le comenzaban a torcer.
No es de extrañar, pues, que algún importante periódico de la comunidad abriese una de las primeras informaciones al respecto con el expresivo titular de “El espejo roto”. Y es que casi de repente el indiscutido padre de la patria habría aparecido no sólo como un presunto delincuente fiscal, sino como el cacique que habría permitido a su familia amasar un fortunón a base de comisiones de obra pública y chanchullos varios. Con enorme decepción militantes, votantes e incluso el catalanismo todo ha llegado a la conclusión de que Jordi Pujol, de “molt honorable”, más bien nada.
Así las cosas, no se entiende la fría reacción de los partidos políticos ante uno de los mayores escándalos de la reciente historia de España. Al lado de Pujol, Bárcenas podría resultar un aprendiz. Ya se sabe, por lo demás, que la derecha, es decir, el PP, no suele hacer sangre en situaciones ajenas semejantes. Su vocación exclusiva es la de sufridor. Pero con una enorme falta de coraje, el resto de formaciones está esperando a ver quién tira la primera piedra a la hora de exigir responsabilidades políticas.
Lo mismo podría decirse de los grandes medios. De los catalanes no debe esperarse gran cosa, pues mucho le deben al patrón de tantos años. Pero de los de ámbito estatal; de esos que tanto disfrutaron y que tantas ediciones y telediarios abrieron con los siete trajes de Camps, sí cabría reclamar un mayor interés informativo.
Queda, pues, la actuación de la Justicia, que debe volcarse en el esclarecimiento de los hechos. Este no es un caso cualquiera. Está en juego mucho más que el patrimonio del clan Pujol.

El espejo roto