SOMOS ASÍ

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España está orgullosa de Galicia y los gallegos podéis sentiros orgullosos de vuestro comportamiento”, dijo el Príncipe Felipe cuando visitó a los vecinos –héroes– de Angrois, después de confortar a los heridos en los hospitales.
Van allá quince días y el desgraciado accidente del 24 de julio sigue vivo en nuestra memoria colectiva y quedará grabado en Compostela y en Galicia por muchas generaciones. A él irán asociados el  arrojo, la valentía y la entrega de los cientos de personas que atendieron a las víctimas desde los primeros instantes del trágico siniestro.
En primer lugar, los vecinos de Angrois –¿escucharán ahora sus legítimas reivindicaciones?–. Después, el personal sanitario, los bomberos, las fuerzas de seguridad del Estado,  forenses,  protección civil, concello de Santiago, psicólogos, la marea humana de donantes, hosteleros de la ciudad..., así hasta cientos de personas del tan denostado sector público y de la iniciativa privada que fueron a arrimar el hombro y dejaron constancia de su generosidad para socorrer a las víctimas y mitigar de alguna forma la tragedia y el dolor de los accidentados.
Fue una muestra de “solidaridad comprometida”, en palabras del antropólogo Manuel Mandianes, que “hace país, alimenta la fibra moral de la sociedad y la fortalece”, señaló Felipe de Borbón. Hasta los políticos recuperaron la concordia olvidando el clima tenso y crispado de las horas previas al accidente, compostura que algunos están perdiendo ahora.
Los gallegos somos así. Ya fuimos considerados por los antiguos como gentes “generosas y recias de carácter” forjados en lo trágico y en lo heroico, porque las tragedias, individuales o colectivas, hacen que aflore la solidaridad y el heroísmo de que son capaces las gentes de este pueblo.  
En la curva de A Grandeira quedaron un sinfín de historias personales que tenían su ilusión puesta en la boda de un pariente, en la diversión en una noche de fiesta, en las vacaciones soñadas, en el esperado encuentro con la familia o los amigos... Historias cuotidianas, como las de cualquiera de nosotros, rotas en aquel instante fatídico.  
El “altar” espontáneo levantado en la Praza do Obradoiro es como una llama humeante en memoria de las víctimas y de sus familiares. Ahora solo falta que los heridos se recuperen y que los técnicos encuentren las causas -faltan muchas respuestas- para que jamás vuelva a repetirse un accidente como este.

SOMOS ASÍ