En memoria de Adolfo Suárez

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No fueron fáciles ni su entrada ni su salida en la vida política de la Transición. El 3 de julio de 1976 el rey Juan Carlos  nombraba a Adolfo Suárez, en efecto,  presidente del Gobierno con un encargo de máxima dificultad: desmontar las estructuras de un franquismo que sin Franco todavía perduraba. Y hacerlo, además, desde la legalidad, lo cual complicaba extraordinariamente la andadura del camino hacia la democracia.  
Acosado sin piedad por el Partido Socialista y sin apoyos dentro de su propio partido, cuatro años y medio más tarde (29 de enero de 1981) él mismo presentaba su dimisión. “No quiero –dijo– que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la Historia de España”. Y se fue de la primera línea política, con la sencillez con que entró, aunque con un poso –pienso– de amargura y decepción interior. 
Por razones profesionales del momento, viví muy de cerca todo aquel difícil e ilusionante tiempo pasado. Aún guardo la acreditación –tarjeta número 22– que habilitaba para el acceso en tareas informativas al entonces llamado edificio “T” del complejo de Moncloa, donde tenía su sede la Presidencia del Gobierno. 
Recuerdo cómo la reacción inicial a su nombramiento tanto en los sectores reformistas como de la oposición democrática fue de asombro y de rechazo. El historial político del nuevo presidente justificaba sobradamente las reticencias sobre su idoneidad para pilotar la transición de la dictadura hacia la democracia.  
Con todo, supo iniciar desde el primer momento una serie de medidas  que fueron mostrando su talante reformista y su voluntad de llevar adelante con mano hábil el encargo que la había hecho el Jefe del Estado. Y, a decir verdad, creo que el tiempo transcurrido desde mediados de diciembre de 1976 hasta mediados de febrero del año siguiente fueron los dos meses más críticos de todo aquel proceso. 
Fue algo así como una tormenta perfecta. Como se dijo ya entonces y luego se iría confirmando con el tiempo, en ese periodo se producen todos los hechos indeseables que cualquier ciudadano con cierta esperanza en el futuro de su país hubiera podido temer. Y se producen, además, cuando la mayor parte de los españoles había empezado a creer que lo más difícil del trayecto se había salvado ya. 
Un tiempo que se abre con el secuestro por el Grapo del presidente del Consejo de Estado, Antonio de Oriol, y que se cierra con el asesinato de los abogados laboralistas de la calle de Atocha, en Madrid. Fueron los meses más sangrientos y arriesgados de la Transición. A partir de entonces, de la mano de Adolfo Suárez, el país volvió a tomar con firmeza el paso hacia la democracia. A él se lo debemos.

En memoria de Adolfo Suárez