Detrás de las palabras

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El famoso psicoanalista Enrich Fromm decía que los consumidores modernos podrían identificarse con la siguiente fórmula: yo soy=lo que tengo y lo que consumo.
Es indudable que hoy a las personas se les valoran más por sus capacidades para consumir que por otras cualidades; los otros rasgos cuentan más bien poco. El modelo actual ha convertido al ser humano en “cosa”, en muchos casos de usar y tirar. La cultura neoliberal se esfuerza en alimentar todas nuestras miserias interiores, en sacarlas para fuera y ponerlas en valor. Necesita seres egoístas que solo piensen en sí mismo y no en los demás, individuos que no les importe lo más mínimo su prójimo. 
El relativismo cultural, que forma parte del proyecto pseudocientífico neoliberal, se ha instalado en nuestras sociedades occidentales, sus creadores predican que no existe una sola verdad sino muchas. Lo curioso es que cuando conviene a ciertos intereses parece que existe una sola, y esa viene “enlatada” desde arriba para mutilar el libre albedrío. Y como decía José Luís Sampedro, la libertad de expresión no sirve para nada si no existe primero la libertad para pensar. Las empresas mediáticas, que además responden al esquema liberal, sus dueños son poderosos grupos de accionistas, se centran en la construcción del pensamiento único para que repitamos como papagayos un “guión” predeterminado. 
Algunos soñadores en el campo de la enseñanza hablan de educar en valores para contrarrestar lo que está pasando. Aunque como declaración de intenciones suene bien, las cosas no son tan fáciles. Primero, habría que saber de qué valores estamos hablando, no hay que olvidar que los anti-valores también pueden ser valores. La realidad es que dentro del sistema vigente la transmisión de valores en la escuela no funciona. 
La presión social y grupal, pero sobre todo la de los medios, tiene mucha más influencia que la que puedan ejercer algunos profesores y profesoras bien intencionados. Por otro lado, es importante subrayar que la escuela no crea la sociedad, sino que es la sociedad la que crea la escuela. 
Y la sociedad está manipulada por el régimen neoliberal. En todo caso, la enseñanza es utilizada como un poderoso instrumento de control político y social; el poder necesita ciudadanos dóciles, una especie de esclavos modernos sujetos a grilletes invisibles. No olvidemos que la Filosofía dejó de ser una materia obligatoria en los institutos (¿casualdad…?).
Nos hablan también de la libertad de información, pero cuando uno empieza a escarbar se da cuenta que tampoco es real. Es cierto que hay muchas cadenas de televisión, radio, prensa escrita, etc., pero todas emiten las mismas noticias, en realidad son un calco extraído de la misma fuente. Cuando este tipo de “variedad” es para decir lo mismo, para proyectar una sola visión de los acontecimientos, la libertad de información queda mutilada o deja de existir.  Nos venden como verdad una información claramente maniquea, sobre todo de las cuestiones internacionales. Y eso, como no podría ser de otra manera, tiene unos efectos devastadores para la libertad de pensamiento, puesto que hace –y eso es lo peor– que la sociedad se mueva y actúe como rebaño. Por lo tanto, esa tan glorificada libertad se ha convertido en una mera ilusión. Hoy no hay, al menos de importancia, ni un solo medio alternativo. Aunque solo fuera para construir un pensamiento de “rebaño alternativo”.
Es obvio que sin información la libertad de expresión no tiene apenas valor, se convierte en una simple frase. Si a eso le añadimos la confusión existente, la “domesticación” social viene por añadidura. Los de arriba parece que siguen aquella máxima de Maquiavelo: nunca intentes ganar por la fuerza lo que puede ser ganado por la mentira. Aunque suene irónico es una gran verdad.
Hoy la manipulación está a la orden del día, es un arma tan poderosa que puede decidir, como de hecho ha ocurrido, hasta los resultados de contiendas electorales. Las trolas y los engaños se han convertido en una parte esencial del actual modelo. Así que, no hay razones para celebrarlo ni para ser optimistas.

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