LA “VARIANTE” SOCIALDEMÓCRATA

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La socialdemocracia está atravesando el período más crítico de su historiSu “maridaje” con los poderes financieros le está pasando una costosa factura. Dice el Evangelio que no se puede servir a Dios y a las riquezas (Mateo 6: 24-34). Aunque los dirigentes socialdemócratas, utilizando la ingeniería política, intentaron hacer ambas cosas.  
Hace unos años se sacaron de la manga una variante de la Tercera Vía: el llamado liberalismo “progresista”, el cual es insostenible con un discurso de izquierdas. Tal variante fue un apoyo encubierto al neoliberalismo económico. Sin duda, al tomar ese camino la socialdemocracia entró en una gran incongruencia, puesto que sus políticas apenas se diferencian de las de cualquier partido conservador. Los ejemplos abundan. Podríamos mencionar a Tony Blair, que ha sido el “escudero mayor” de los grandes poderes financieros. O al mismo Hollande, que hizo un discurso de izquierdas para después convertirse en el niño obediente de Frau Merkel, una política que es la cara visible de la banca tudesca.
Pedro Sánchez, la nueva cara de la socialdemocracia carpetovetónica, habla de las “maravillas” que hará si llega al poder. Incluso infiere que él es el auténtico representante de la izquierda española, dice que el gran problema es Rajoy y PODEMOS. Aunque su discurso sigue sin calar en la sociedad. Es un hecho que hay millones de ciudadanos decepcionados de los dirigentes socialistas, de sus políticas neoliberales y de sus manipulaciones. Las encuestas lo constatan. El problema del PSOE es que perdió mucha credibilidad, existiendo un gran desencanto hacia sus políticos sin importar demasiado quién sea su líder. En cualquier caso, los ciudadanos perciben el discurso socialista como una trampa, como un engaño más. Uno de tantos. En general, existe tal decepción hacia los políticos en la sociedad que el nihilismo político se está adueñando de ella, lo cual es preocupante.
La realidad es que la socialdemocracia europea se ha vuelto irreconocible,  no sólo es incapaz de enfrentarse a los poderes financieros, sino que incluso, en algunos casos, defiende puntos de vista puramente neocolonialistas (se podrían citar unos cuantos). En otros casos apoya incluso posicionamientos políticos que en otros tiempos ningún partido de izquierdas se hubiera siquiera atrevido a sugerir. Y aquí surge la pregunta obligada, ¿son los actuales partidos socialdemócratas realmente de izquierdas? Y si lo son, ¿cómo es posible que tengan un discurso de izquierdas al mismo tiempo que hacen políticas de derechas? Nadie lo entiende. Una explicación posible, quizá la única razonable, es que se hayan aliado con los grandes poderes.
La realidad es que los partidos socialdemócratas no se oponen –o no lo hacen como deberían– al desbarajuste creado por los poderes financieros, que han convertido al mundo financiero en un casino global. No se escucha a ninguno de sus líderes proponer la refundación del sistema. Algo que hasta Sarkozy, en su infinita demagogia, se atrevió a plantear.
La socialdemocracia –si de verdad quiere rehabilitarse– tendrá que volver a sus orígenes. Si no se desliga de los grandes poderes, negándose a continuar siendo sus dóciles mayordomos, terminará por desaparecer como opción política. Por lo tanto, otras fuerzas de izquierda, incluso de extrema derecha –véase el caso francés– ocuparán su lugar. Es hora de que sus políticos empiecen a pensar no en el poder, sino en refundar sus propios partidos. En la sociedad se ha instalado la falsa idea –y la socialdemocracia tuvo mucho que ver– de que nada se puede hacer contra los poderes financieros, de que no hay alternativas posibles a este desaguisado, sin embargo existen. Pero sólo serán realizables si los partidos socialdemócratas cambian el rumbo político y actúan al unísono.
No importan las promesas que hagan sus dirigentes, ni siquiera que aparezcan caras nuevas, jóvenes y bonitas en esos partidos, es un problema de credibilidad. Y para recuperarla, la gestión de gobierno tiene que parecerse al discurso político estando en la oposición.

 

LA “VARIANTE” SOCIALDEMÓCRATA