BÁRBAROS

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Bárbaros, así llamaban los romanos a los pueblos que vivían más allá de los límites de su civilización; sobre todo a los germanos que habitaban a orillas del Rin y del Danubio,  vecinos peligrosos y molestos. No en vano se trataba de gente iletrada, sin cultura y con costumbres bastante rudimentarias. Los que los conocieron en su estado primitivo, antes de ser romanizados y cristianizados, se hacen eco de su brutalidad. Algo parecido ocurrió con los famosos vikingos, que al principio se dedicaban a matar y a destruir con sus invasiones marítimas, pero que con el tiempo también se integraron en la cultura occidental, hasta convertir a los suyos en los países mejor organizados y pacíficos.
Por lo general en la Historia los pueblos más civilizados han servido de estímulo y ejemplo para otros. Gracias a eso hace tiempo que abandonamos las cavernas y, mal que bien, hemos llegado a un grado de convivencia aceptable. A pesar de todo, no se puede afirmar que la barbarie haya desaparecido ni siquiera en las sociedades más desarrolladas, como si fuera sólo un problema de los pueblos primitivos. Es más, da la impresión de que necesita poco para resurgir con fuerza, demostrando lo difícil que es combatirla y erradicarla.
La barbarie como forma extrema de violencia, incluye la falta de educación y la ruptura con cualquier regla de convivencia, dando con facilidad rienda suelta a las más bajas pasiones humanas. Más que una situación es un estado, normalmente compartido por aquellos que no saben comportarse como seres civilizados. Además, los bárbaros se crecen precisamente ante la indefensión de la mayoría que no está acostumbrada a sus comportamientos irracionales, por eso es necesario que la sociedad esté preparada para defenderse de las minorías violentas o simplemente salvajes.
Por desgracia no es fácil, últimamente hemos comprobado que no es suficiente combatir la violencia con la fuerza, sobre todo si esta última a pesar de ser ejercida de forma legítima, no se ve  totalmente respaldada por la sociedad a la que defiende. Desde mi punto de vista quienes se andan con remilgos a la hora de condenar la barbarie callejera, o quienes incluso la ven con simpatía, son en el fondo tan bárbaros como los que la ejercen y deberían ser considerados como tales, cómplices de las bandas agresivas que invaden nuestras calles.
Si seguimos dando la más mínima cobertura a estos energúmenos, sea por acción o por omisión, estamos minando los cimientos mismos de nuestra convivencia, aunque después proclamemos nuestra tolerancia cero con maltratadores y terroristas, que al fin y al cabo representan formas de barbarie similares a las de los vándalos callejeros.

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