Sesiones sin control

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Nunca ha sido fácil para un presidente de Parlamento tener que amonestar o cerrar el micrófono a un diputado de su propio partido. El afectado y el grupo de turno no lo suelen entender, aunque a veces no haya quedado más remedio. Pero lo que ya comprenden menos es el distinto manejo de las situaciones: el que a unos, por ejemplo, se les amoneste en público, en el curso de la propia intervención, mientras que a otros se les lee la cartilla en privado.
No estaba el horno para bollos. Pero después del malestar existente por los circos que con cierta impunidad y frecuencia monta Podemos en el Congreso, sorprendió el trato dado hace unos días a un diputado del PP que se salía, en efecto, de la pregunta prevista, pero que no mereció las severas advertencias ni la enorme cara de palo que le puso la presidenta de la Cámara, Ana Pastor.
Cierto es que al Parlamento sus señorías van a parlamentar; esto es, a habla, discutir y polemizar. Y que en tales intercambios no faltan –en todas partes– la bulla dialéctica e incluso palabras más fuertes de las habituales. Después, como en el fútbol, se lavaban los trapos sucios en el vestuario, pero poco más.
En el Congreso de los Diputados las cosas, sin embargo, están yendo bastante más allá. En la anterior legislatura Patxi López se vio superado en no pocas ocasiones por la situación, y a la señora Pastor le está sucediendo ahora un poco lo mismo, hasta el punto de que varios grupos parlamentarios han hecho llegar a la presidenta su hartazgo y la necesidad de reconducir la reiterada falta de modales y decoro que se está produciendo.
Y no solo por parte de Podemos, aunque Iglesias –encantado mientras gesticula con el foco televisivo en primer plano– sea en ello el más destacado. Los valencianos de Compromís y los rufianes de Esquerra Republicana de Catalunya tampoco se quedan cortos. Y no solo en el Congreso, sino también en Parlamentos autonómicos y Ayuntamientos como el de Madrid.
Pancartas, carteles, banderas, escaños convertidos en tendedero de camisetas, indumentarias impropias hasta de un día de asueto, lenguaje grueso, soez y chabacano, insultos e intimidaciones sin precedentes en el propio salón de plenos a miembros del Gobierno, como la protagonizada por el podemita Diego Cañamero al ministro de Justicia, marcan un día y otro la vida parlamentaria pública. Sin embargo, a estos la presidenta los amonesta en privado y al diputado del Partido Popular, por un exceso infinitamente menor, le corta en el uso de la palabra cuando le faltaban ¡24 segundos!
Lo grave es que ante la opinión pública es lo que queda: el repetido espectáculo de unas sesiones de control al Gobierno que nada al final controlan, pero que tan mala imagen de la institución dejan.

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