Pepito Rivera

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Al final, en este teatro que es el mundo, el destino da a cada uno su rol. Así Albert Rivera, martillo de ciudadanos herejes, luz de Cataluña, espada de honestidad, cuna de buen hacer, al cambio de Pepito Grillo, conciencia de Pinocho, que acudía a socorrerlo cuando la moral peligraba y sonaba a silbidito. Ahora versionado en Pepito Rivera, conciencia de España en este aciago tiempo donde andamos buscando la ropa para tapar las desnudeces de la falta de gobierno escamoteada como una traca de fuegos artificiales en las fiestas del pueblo.
Rajoy y Albert se han estrechado las manos por el bien de España y sentido de patriótica responsabilidad respecto a los conciudadanos. Y poco más. Es curioso pensar como las bisagras pequeñitas se crecen ante las mayorías para articular una puerta y su marco, la gobernanza o evitar repetir nuevas elecciones… Porque lo malo de los políticos es que se creen inspirados directamente por Dios.
O que al menos la Providencia los ha puesto para señalarnos lo justo, dado que cuatro enanos asociados dan en gigante. Sin otra opción que seguir sus directrices a pie juntillas pues su inconsciente soberbia los hace ceñudos narcisistas. Oscilan opuestas direcciones, arriba abajo, derecha izquierda, quietud y celeridad, proa y popa. Nuestro mandamás del partido naranja, sin experiencia ejecutiva, no repara que el pasado permanece porque vivimos el presente para preservar el mañana, que nace todos los días.
No es buen camino el veto o la humillación al candidato contrario para allanar el camino hacia un futuro feliz. Nos lo recuerda el fabulista: “Tantas idas/ y venidas, / tantas vueltas/ y revuelta / ¿son de alguna utilidad?” El caballo de Iriarte se lo dice a la ardilla. La frivolidad de ocuparse de la anécdota y olvidar lo principal para sentarse en ese tren que muy pronto iniciará marcha.

Pepito Rivera