LAS PALABRAS

|

“Quiero contarte niña cómo cambia el sentido de las cosas”; así empezaba una canción de Triana. Sí, las palabras también cambian el sentido de las cosas. Sobre todo si uno las echa de menos. Se duerme pensando que son suyas y de repente no están. Imagínense que nos acostemos con dos piernas y nos levantemos con una, nos caeríamos y no entenderíamos qué sueño nos la arrancó.

Las palabras arrancadas con nocturnidad no sangran, nada se aprecia en el famélico texto, en el transparente bosque, pero al mirarnos al espejo no nos vemos, estamos sin cuerpo como los vampiros. No duele, pero no eres tú, alguien decidió suplantarte. Duele su indiferencia, porque ha cambiado el retrato de tu cara. La palabra escrita tiene la sonoridad de mi propia imbecilidad y no quiero que me la cambien por otra. No soy capaz del silencio sonoro de Buster Keaton, Charlie Rivel, Charles Chaplin o Marcel Marceaux; ellos escriben en el aire, en el agua, en el silencio de nuestros corazones y nos regalan una de las cotas más altas de la humanidad, la risa.

Yo estoy en ello pero, mientras tanto, me tiene la palabra. La palabra escrita no es una conversación. En la conversación la palabra lucha, se deshace y hace, gesticula, interpreta, se pierde y vuelve a aparecer, se agarrota, titubea y siempre queda incompleta. Pero en la palabra escrita lo que hay lo ha decidido el que escribe y para él no sobra nada, ni las tonterías. Me dormí y al despertarme comprendí a don A. Machado: “Era un niño que soñaba, un caballo de cartón. Abrió los ojos el niño y el caballo no vio”.

 

LAS PALABRAS