En ocasiones “veo muertos”

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¿Por qué nos extrañamos de que la mayoría de ciudadanos haya votado a un partido que hizo de la corrupción su buque insignia?. Los grandes analistas, que vemos a diario en las tertulias políticas, sacan punta a las corrientes de voto, y no analizan los verdaderos motivos por los que el ciudadano vota a quien le ha robado, le ha vendido después de haberle votado y luego refuerza dicha actuación. 
Quien prometió bajada de impuestos o mejoras en tal o cual cosa, una vez apoltronado, y en posesión de su cargo, hace lo contrario de lo dicho, pero aclara públicamente que está haciendo lo prometido pues esta “sería una primera actuación de otras posteriores”. En otras palabras: ¿qué más da lo que le digamos al que nos vota?. Le engañamos y nos volverá a votar. Se escucha en los mentideros que la gente es lerda y tiene memoria de pez. Además, existen ciertas máximas en política que funcionan a todos los niveles: una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. “Lucharemos contra el fraude”, “hemos hecho todo lo que hemos podido”. Mientras, se siguen pagando obras en dinero B o al corrupto de turno se le coloca en puestos bien remunerados. 
Todo es apariencia, todo está cubierto de una fina línea, donde la verdad viene a ser como un concepto relativo y la verdad objetiva un prisma inexistente. 
Pues sí, este país es de traca. Y nuestros políticos no son más que el reflejo de todos. Al menos de la mayoría. Sino ¿cómo alguien se puede explicar que el Tribunal de Cuentas en esta misma semana nos diga que casi 30.000 personas que figuran como fallecidos seguían cobrando una pensión en 2014 por un importe total de 25 millones mensuales?. Unos 300 millones de euros al año. 
Efectivamente, en un informe de fiscalización correspondiente al año 2014, el Tribunal detectó una serie de “lagunas y deficiencias” en el control que ejerce la Seguridad Social sobre las defunciones de pensionistas y recomienda mejoras para impedir que se paguen prestaciones a personas ya muertas. 
Y la Seguridad Social, siguiendo aquello de que la culpa no es mía, echa balones fuera, y dice que los resultados que da el Tribunal respecto al control de los fallecidos deben ser “objeto de revisión”, pues, en su opinión, no se corresponden con la realidad. Aunque luego le reconoce al Tribunal que la labor de control y detección de fallecimientos de pensionistas sigue haciéndose (paralelamente) de forma manual y por diversas vías desde las propias Direcciones Provinciales del INSS. Y admite, que los recursos humanos destinados a la gestión de deudas son escasos y se deben introducir mejoras.
El Tribunal de Cuentas recuerda que este tipo de fraudes no sería posible si no fuera por la colaboración de los bancos, que son las entidades pagadoras. Y en este sentido, recupera una carta que le envió la Tesorería de la Seguridad Social a la patronal bancaria en la que acusaba a algunas entidades de incumplir su obligación de controlar que el beneficiario de la pensión estaba vivo.
 Pues bien, con independencia de la actuación mejor o peor de los bancos, o entidades asimiladas, que no son más que colaboradoras, lo más sangrante es lo que subyace en todo esto y que no se justifica por un estado de necesidad: es la picaresca y la cultura del fraude al que adoramos como Santo Grial. La trampa está generalizada en todos los niveles de nuestra sociedad. Cada uno según sus posibilidades, pero, en general, se defrauda; defraudamos cuando pagamos al fontanero, al taller o cualquier servicio que disfrutamos sin factura; defraudamos cuando compramos tabaco de contrabando; defraudamos cuando al servicio doméstico no lo damos de alta o no le exigimos que sea autónomo; defraudamos en las clases particulares de nuestros hijos; y defraudamos cuando cobramos la pensión de un muerto. Defraudamos siempre que podemos.
Nos sobra picaresca y nos falta cultura de lo correcto. Luego, no nos extrañemos de que Tribunal de Cuentas “vea muertos”. 
 

En ocasiones “veo muertos”