Conformismo

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chopenhauer decía que la rebeldía es la virtud original del hombre. Aunque en los tiempos de los smartphones y las redes sociales tal virtud tiende a desdibujarse. Incluso a diluirse.   
Vivimos en un mundo donde los zascandiles de toda laya y los impostores de nuevo cuño, todos ellos disfrazados de virtuosos demócratas, campean por sus respetos. La Arcadia que tratan de vendernos estos enredadores de incautos es una suerte de arrabal social, dirigido por navajeros y matones; todo un idílico parterre. 
Algunos de estos liantes, convertidos en políticos, llegan a tal extremo que donde hoy dijeron digo, mañana dicen Diego. Y se quedan tan anchos. Su irreverencia llega a tal punto que son capaces de sostener dos posiciones distintas e irreconciliables al mismo tiempo. Cultivan el extraño arte de conceder la razón a todas las partes en conflicto; semejantes maneras de hacer política jamás se habían visto.  
Lo de ellos es confundir; y lo están logrando. Para esta peña la traición, la calumnia, la evasión de impuestos, el chantaje, la compra de conciencias y otras desvergüenzas no tienen apenas importancia. Las consideran hasta normales. Es obvio que en este modo de comportarse existe una fuerte relación causa-efecto. Pero sería imposible comprenderlo si antes no asumimos que el neoliberalismo lo ha mercantilizado todo, además de sacar para fuera lo peor del ser humano. Hoy hasta las personas son valoradas en clave mercancía, prima aquello de “costes y beneficios”, que le recuerdan a uno la asignatura de macroeconomía en la universidad; el economicismo  condiciona incluso las relaciones afectivas.  
Parece que fue ayer cuando Felipe González, después de haber llegado a la Moncloa, se refería al mundo laboral como el “mercado del trabajo”. Los que habíamos crecido escuchando otro lenguaje no entendíamos nada. La frase nos sonaba a trata de esclavos o algo parecido, por otro lado, nos sorprendía que tal expresión la pronunciara un socialista. Aunque después de 34 años, y visto su actual posicionamiento, uno llega a comprender algunas cosas. 
En todo caso, los desmanes políticos y económicos que se están dando en muchos países occidentales, en otros tiempos hubieran tenido una respuesta social muy fuerte. Sin embargo, tal parece que hoy no revisten tanta importancia; al menos la que deberían. Prueba de ello es que los partidos tradicionales, aparte de algunos avances que han tenido los mal llamados populistas –y no en todos los países–, siguen contando todavía con gran apoyo. 
Es obvio que los medios de comunicación juegan su papel significativo en todo ello, aunque no definitivo. Ciertamente, el desencanto, incluso con algunos partidos de los llamados emergentes –aunque no todos –, hace que la apatía se adueñe la sociedad. A eso también hay que sumar el miedo, que es propagado continuamente por los medios. El temor, aunque sea infundado, paraliza las personas; el poder sabe que es un poderoso desactivador de  conflictos sociales. 
A todo este conjunto de cosas es necesario agregar lo que ahora han dado en llamar la “cultura del twit”, que hace que todo sea brevísimo. Los políticos utilizan esta red social para lanzar sus puntos de vista, que a veces no son más que improperios. Aunque ahora como es todo tan efímero la gente los olvida  tan rápido como aparecen. 
La realidad es que nos encontramos ante una dinámica enajenante, en la cual las noticas de hoy nos hacen olvidar las de ayer; las nuevas sirven como una especie de goma de borrar. Todo ello nos está arrastrando a un “proceso mental” colectivo, que, al no existir tiempo para pensar, las capacidades de análisis se ven alteradas. No hace mucho alguien dijo que nuestros mecanismos de respuesta están averiados. Y el conformismo ante ciertas arbitrariedades demuestra que es así.
Está claro que la capacidad de reacción de la sociedad está siendo pobre, en algunos casos incluso nula; no está a la altura de las circunstancias ni de los tiempos. El conformismo, aunque es probable que sea un fenómeno transitorio, se adueñó de ella. Y eso contradice la virtud de la cual hablaba Schopenhauer.

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