SOMBREROS

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La señora se volvió inquisitiva y curioseó. “¿Dónde compró el sombrero de su marido?”. Aunque a mí me parece corriente, repliqué cordial: “No tiene nada del otro mundo, sencillo, alado, de fieltro y con hendidura en la copa para destacar su prestancia. ¡Ya sabe, los hombres son muy presumidos y demasiado inmaduros, si no se les echa una mano…! Pero, a lo que le interesa, dije con la más afectuosa sonrisa informándole sobre circunstancias, características y establecimiento donde había comprado el sombrero. Tanto mi marido como el de mi nueva amiga permanecían silenciosos, mustios y mirada bobalicona.

Al regreso a casa, comentando el incidente, mi santo esposo me habló de conversación imprudente, que nadie tenía porqué enterarse de nuestras vidas y aludió a la memoria femenina como caja de trapos viejos. Incluso citó a un tal Gómez de la Serna y su pregunta: “¿Las mujeres de Picasso están mejor con sombrero o sin sombrero?” ¡El erotismo machista siempre presente, el sexo como objetivo! Y una también, no lo duden, tiene su culturilla y recuerda el motín de Esquilache por intentar despojar de chambergo a los madrileños. Sin olvidar, por otro lado, la creadora vistosidad de Manuel de Falla y su famoso ballet “El sombrero de tres picos”.

Así mismo, entre suspiros y gemidos por el tiempo ido, añoro los casquetes epilépticos de las chicas que bailaban el charlestón y no querían ir a Uruguay, el canotier de Maurice Chevalier, el apache de Carlos Gardel, nuestra calle Real sembrada de sombreros, el tirolés y su pluma de plata, el de copa de Fred Astaire y Ginger Rogers en el cielo con las caras pegadas o la explosiva proporción de “La Codorniz”, bombín es a bombón, como cojín es a equis… y nos importa tres equis que la censura nos cierre la revista tres semanas.

 

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