CABRITO

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Hacía mucho que no veía a Manolo tan risueño, entrando en el café. —Malo, malo, sospeché; pero lo dejé correr. —¿Otro café, neno? me dijo. ­—Pues vale, contesté. Manolo pidió por los dos y, por fin, soltó el conejo. —Oye neno: ¿Crees que Rajoy protestará a Obama por el espionaje telefónico yanqui a políticos españoles? —Pues seguro, le dije, con la mala hostia que tiene… —No creas, neno, no es tan sencillo como piensas; y me explicó. —Mira neno: aparte de que son amiguetes, la delicadeza del asunto, y que Margallo ya trató tal mariconada con el embajador yanqui, un asunto grave se lo impide. Y se quedó callado. Conozco a Manolo, sé que esperaba que le preguntara. No le defraudé y, con resignación cristiana, lo dije: —¿Pues ya me dirás qué es?... Manolo sonrió de oreja a oreja y dijo: —Porque tienen grabadas todas las conversaciones de Bárcenas. Me atraganté con el café. —¡Joer, Manolo, qué cabrito eres!

 

CABRITO