Irene on the rocks

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Desconozco a cuántos centímetros del suelo estuvieron estos días, planeando, los grajos. Pero lo que sí sé es que estoy a punto de teclear este texto con estalactitas en vez de con los dedos. Se me está haciendo bola lo de sobrevivir a la tal ola polar que ha venido a vernos porque soy muy friolera. ¿Saben los típicos sitios en los que todo el mundo se muere de calor? Pues ahí yo estoy más a gusto que en brazos, mientras que en el resto, donde la temperatura empieza a bajar un poquito, en breve noto fresco y de ahí a nada me pongo a aplaudir con los dientes. Es muy duro vivir así porque parezco la mujer serpiente, como si tuviese la sangre fría y lo cierto es que no es verdad, ni literal ni metafóricamente. No valgo para las novelas de Capote... 

¡Si es que paso el día abrigada como un esquimal! Me enfundo tanto para salir a la calle que no veo por donde voy de lo grande que es la bufanda, en mi sofá parece que sólo hay una maraña de manta y cualquier mañana despertaré hecha un charquito, consumida. O empalada, que el peso de la ropa de mi cama está para entrar a concurso.

Esta condena con la que me ha tocado vivir, hace que odie a las personas que siempre están a gusto con la temperatura ambiental y ya aborrezco de todo punto a los que al entrar en algunos comercios empiezan, al segundo, a quejarse de que hace un calor sofocante como en pleno julio. ¿A quién han vendido sus almas para tener ese beneficio? ¡Que yo la mía la llevo barata! ¡A saldo se la dejo si es necesario! Pero necesito salir de este infierno. Jo, que ironía.

Ah, les aviso, yo salí defectuosa y cojeo desde siempre de la garganta, así que en estos momentos les escribo desde el lecho del dolor y a duras penas. Casi parece que estoy redactando mis memorias antes del último aliento, porque de verdad que podría ser el último. Así que si algún mal me tumba para siempre, tengan un poco de respeto y no vean Frozen ni Los Amantes del Círculo Polar en una temporada. Un poquito de compasión, hombre...

Irene on the rocks