Permanente pero revisable

|

Cada vez que un crimen horrible nos estremece, la rabia, la indignación y la incapacidad para comprender cómo pueden pasar estas cosas nos hacen replantearnos qué se puede hacer con los asesinos. O sea, qué más se puede hacer de lo que ya marca la ley porque nunca nos parece suficiente. En este contexto tan apropiado, cuando todos estamos totalmente tranquilos y hablamos desapasionadamente y sin rencor del asesinato de un niño de ocho años, el Parlamento se puso a debatir ayer si hay que endurecer o no la prisión permanente revisable.
El resultado de la votación fue el esperado: continúa la derogación de esta medida –aprobada por el Partido Popular en la pasada legislatura, cuando aún podía hacer y deshacer gracias a que tenía la mayoría suficiente para tomar decisiones unilaterales– aunque todavía queda mucho recorrido entre los vericuetos parlamentarios para que ese supuesto termine produciéndose. La chicha estaba en el debate, con unos y otros acusándose de utilizar a las víctimas como arma arrojadiza y olvidándose de que lo suyo es que los partidos, por definición, acaben siendo partidistas.
Al margen de la conveniencia o no de aplicar la prisión permanente revisable, que de eso los expertos en criminalística y derecho son los que más tienen que decir, lo que realmente me llama la atención es el concepto en sí, con esas dos palabras tan opuestas yendo juntas y de la mano. Permanente y revisable. Para siempre pero no del todo. Quizás el planteamiento debería ser extensible a muchas otras cuestiones de la vida como, por ejemplo, el matrimonio. ¿No sería perfecto que ese contrato, eterno ante los ojos de Dios y del Registro Civil, fuese sometido a una auditoría de vez en cuando?
O el trabajo, para aquellos pocos afortunados que tienen la suerte de ser indefinidos, aunque ya solo queden algunos funcionarios y poco más.
Revisable no quiere decir que solo sirva para criticar a la baja, sino que también podría servir para mejorar. ¿Que te pagan poco y mereces más y lo has demostrado? Pues se revisa al alza y listo. Como el diccionario de la Real Academia Española, que lleva ahí más de 300 años pero que se actualiza cada poco para adaptarse al mundo en el que vivimos. Por ejemplo, “fácil” dejará de ser “mujer que se presta sin problemas a mantener relaciones sexuales” para cambiar “mujer” por “persona”. De hecho, en la versión en internet ya se puede leer la nueva definición. La verdad es que ahí los que han estado facilones son los académicos, que han admitido que la anterior acepción era un pelín machista aunque la culpa no sea suya sino de aquellos que saben señalar con rapidez a una chica en qué parte termina San Andrés y empieza la estrecha.
En un mundo globalizado y vertiginoso, en el que todo avanza a una gran velocidad, el concepto de permanente y revisable podría ayudar a solventar un gran número de situaciones. “Cariño, ¿me quieres?”. “Sí, claro. Yo te quiero de forma permanente... pero revisable”.

Permanente pero revisable