La mejor versión

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La formación de un músico con estudios reglados le sirve de guía para distinguir lo que es una buena o mala versión en la interpretación de una obra musical. Desde los primeros días de iniciación al instrumento el maestro enseña al alumno los principios que guardan relación directa con el buen hacer en música, como es el tratamiento adecuado del fraseo como guía motriz de la expresividad en el discurso musical, las características cualitativas del sonido como elemento conductor de la temática interna, o la interpretación, obediente a causas inherentes al compositor y no a modas. Estas y otras variables podrían formar parte de la particular visión de un músico de oficio con respecto a un concierto en directo.

Otra forma distinta de análisis sería la de pulsar la acogida del público y el éxito de la interpretación escénica, siendo suficiente para diletantes y profesionales y más realista desde una visión pragmática, ya que todo espectáculo está sujeto al veredicto del público. Ciñéndonos a esta referencia, no podríamos haber asistido a una interpretación mejor de Nabucco que la programada en versión concierto en el Festival de Ópera. Aun entendiendo que el público operístico es diferente del habitual a la hora de expresar sus emociones, debemos valorar muy positivamente el espectacular éxito obtenido en esta representación, pues a la pasmosa profesionalidad de los que estaban en el escenario se sumó la buena acogida de los forofos operísticos llegando a sumergirnos en un estado catatónico de emoción, pese al inhumano calor de Palacio que en algún momento pudo haberse convertido en disgusto.

Los cantantes solistas –Elisabete Matos, Luiz-Ottavio Fario y Leo Nucci– colosales, el Coro de la OSG magnífico en detalles de buen gusto, a pesar de lo problemática rítmica de algunos números y la OSG como siempre: a un gran nivel.

Merecida ovación también a la directora Keri-Lynn Wilson, que demostró un total conocimiento de la obra esperando a los cantantes en cada entrada y en sus múltiples escarceos con el metrónomo. Grandísima velada.

 

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