REGENERACIÓN DEMOCRÁTICA

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Se habla de atajar la corrupción, de regenerar la vida pública, parece una consigna hecha a medida para frenar el avance de Podemos. Pero usar calumnias y mentiras como consigna, aparte de ser inmoral, es una estrategia equivocada; la partidocracia carpetovetónica antes de atacar a Pablo Iglesias debería empezar por higienizarse a sí misma. Por otro lado, es sospechoso que de pronto hayan descubierto que hay regenerar la política, incluso Pedro Sánchez, el nuevo secretario general del PSOE, empezó a conjugar el verbo regenerar.
Aunque su discurso deja serias dudas, sobre todo después de afirmar que su “referencia” era Felipe González. No sabemos a cual “versión” felipista se refiere, puesto que la actual no debería ser referencia para nadie.
Es fácil hablar de regeneración política, aunque llevarla a cabo sea harina de otro costal. Dudamos que los partidos tradicionales –la “casta” como se les llama ahora– sean capaces de regenerarse a ellos mismos.
Están demasiado comprometidos con los cambalaches urbanísticos y financieros como para lograr su propia regeneración. Hacer una “limpieza general” en las organizaciones políticas y sindicales, aparte de difícil de creer, es una tarea de titanes.
Existen en ellas demasiados intereses y resistencias para que pueda realizarla una sola persona. Tendría que hacerlo un equipo  incorruptible y decidido, sin importar las “víctimas” que caigan por el camino.
Para cambiar el estado de cosas –y esta es una condición sine qua non para adecentar la vida pública– habría que empezar por limitar el tiempo en los cargos públicos. Sin duda, la permanencia indefinida en los cargos propicia la corrupción, de hecho contribuyó a profesionalizar la política.
Desde hace tiempo los partidos son controlados por ciertos grupos que buscan su propio beneficio; por tanto, es difícil creer que renuncien a los privilegios así como así, sin más, digamos a que se inmolen por el bien del partido. De un alemán es posible, de un ibérico es casi una misión imposible.
Muchos políticos, cada día son más, no trabajan por los intereses públicos, sino a favor de su beneficio personal, por tanto, tratan de aferrarse a los cargos. Conservar el cargo es lo más importante, se ha convertido en su profesión, en la manera de ganarse la vida. Debido a la permanencia en los cargos se vuelven insaciables, llegan a tal punto que creen estar por encima del bien y del mal. Se desconectan de la realidad, con lo cual empiezan a corromperse.
Para higienizar la vida política carpetovetónica, aparte de limitar el tiempo en los cargos públicos, habría que hacer una reforma electoral seria, y no la chapuza que quiere hacer el PP. Pues es de imperiosa necesidad el cambio del sistema actual por otro más democrático, uno de listas abiertas.
Obviamente, habría que hacer leyes mucho más estrictas y restrictivas que prohibiesen a los altos cargos, una vez retirados de la política, desempeñar puestos de asesores o estar en los consejos de administración de empresas privadas.
Estas y otras reformas son imprescindibles para una regeneración política, sin ellas no es posible tal regeneración.
La partidocracia, junto con los medios de comunicación afines, llevan semanas atacando de una manera inmisericorde a la organización política Podemos, no se dan cuenta que el problema de España no es ese partido, ni siquiera su programa, el problema está en los partidos que han gobernado el país durante los últimos treinta y dos años.
La aparición de Podemos es una respuesta, además de lógica, a la corrupción rampante que está salpicando las instituciones.
Sin embargo, hay políticos que no lo entienden así, o no quieren entenderlo, puesto que no les conviene.
Es más fácil mirar hacia otro lado y criminalizar al nuevo partido y a sus líderes que tratar de combatir la corrupción, intentar asustar a los ciudadanos para que no apoyen a Podemos no es el camino.
No es fácil meterle miedo a casi seis millones de parados o a miles de familias que han sido literalmente expulsadas de sus viviendas. Y la razón es simple: ya no les queda nada que perder.

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