LA ÚLTIMA VEZ

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La clase política española, gobierne o no, debería afrontar un mínimo de reflexión para que lo que diga se corresponda realmente con lo que piensa, lo cual no deja de ser una obviedad, se entienda o se mire desde el punto de vista que se quiera, porque al menos aquí, en el surco patrio que nos desgaja tanto como nos une, lo que verdaderamente impera es que la cosa política se relacione más con las promesas que con los hechos. Como en el resto del mundo, supongo, al menos allí donde haya algo de democracia, porque cuando ni esto se da ya se sabe que lo básico, lo primario, es estar callados y, simplemente, actuar.

El problema vendrá cuando se consiga –que algo le oí a Punset– leer, o mejor percibir, el pensamiento, lo que contribuirá a hacer el mundo político un tanto aburrido

Lo de lo dicho y lo hecho puede incluso que se quede corto desde el punto de vista mediático o de interés social tomando como referencia los habituales deslices dialécticos de los políticos, el último de ellos el del “lío” de Rajoy. No es nuevo. Recurrente sí. Pero sin ánimo de disculpar ni de justificar a nadie, cuando menos parece más humano, y hasta más próximo de la realidad, que sea el primer mandatario de este país el que mejor constancia tenga del lío en que nos encontramos, o del que está por venir, que posiblemente duela más. Quién no recuerda los famosos consejos del ministro de Administraciones Públicas Jordi Sevilla a su presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, sobre unas clases rápidas de economía –cuestión de un par de tardes– para mejor hacerse entender, o mejor saber. Lo que dice el pueblo en casos similares es que hay para dar y tomar.

Lo difícil, en cualquier caso, no es obviar la llana percepción de que nadie nace sabiendo de todo. Lo complejo es tratar de descartar que la principal preocupación del político de turno al que un micrófono abierto ha captado una frase inoportuna sea la de no volver a caer en el mismo error; que esa sea la última vez que le sucede y que, como primera norma, sea de obligado cumplimiento para jefes de protocolo, de prensa, personal de seguridad, compañeros políticos y todo lo que habitualmente suele estar, visionar el contorno y comprobar sobre el terreno que no hay artilugio captador de sonido inoportuno.

El problema vendrá cuando se consiga –que ya se está en ello, que algo le oí a Punset– leer, o mejor percibir, el pensamiento, lo que sin duda contribuirá a hacer el mundo, posiblemente el político más que ningún otro, un tanto aburrido. Algo que no dejaría de ser una pena. Claro que para entonces ya se habrá inventado el inhibidor de pensamientos, lo que incluso impedirá saber, hasta desconectarlo, si lo que se dice es realmente lo que se piensa; o sea, que estaremos en el mismo punto de partida. Esto de la última vez, que viene a ser en este caso la de que no se le vuelva a escapar algo a alguien cuando no interesa, no está tan lejos, al fin y al cabo, de esas otras en las que se perjura sobre el último cigarro o la última copa.

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