KEATON

|

Un homenaje al silencio, al mimo, a la infancia, en el cincuenta aniversario de su muerte. Hubo dos sonrisas calladas que acompañaron mi infancia, la de Charlie Rivel y la de Buster Keaton: los dos tenían como lugar común el circo, el mimo, la risa callada y el absurdo. Y a los dos los vi ya en tecnicolor arrugados, ancianos; nunca pensé que la risa se podía hacer mayor. Keaton venía del circo en el que sus padres lo habían introducido desde muy pequeño, en el cine fue Roscoe Fatty Arbuckle. Con él aprendió casi todo del cine. Había una suerte de silencio y de caricia, de tristeza y sonrisa, de muerte y vida. En todo caso, de confidencia que mis oídos y sobre todo mi vista agradecían. No echaba de menos el lenguaje, oía a través de la vista, me encontraba como en casa. Volver a ver “Neighbours” (1920) y su atlética propuesta resulta todavía saludable, energética. Su rostro serio y su agilidad para escapar del padre de Clarette y después de la policía, están llenos de equívocos y de sorpresas y sobre todo de ritmo. Y es que Keaton fue el ritmo del alma.

KEATON