Atrancados

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Si alguna fuerza moral  tuvo el gran consenso constitucional del 78 fue la sensación dejada entre la ciudadanía de que las principales partes negociadoras del texto habían sabido aparcar diferencias y renunciar a algo importante para cada uno de ellas, llámese forma de Estado, estructura territorial, modelo educativo, encaje de la Iglesia católica, sistema electoral y otras grandes cuestiones.   En definitiva, que nadie se había impuesto a nadie. Ello dio un plus de fortaleza y cohesión a la sintonía que por vía parlamentaria también se fraguó. 

Nada que ver todo ello con la gestación del acuerdo PSOE-Esquerra Republicana (ERC) que está condicionando y retrasando la investidura y la formación del nuevo Gobierno, con Pedro Sánchez a los mandos. Un acuerdo clandestino, a trompicones, tortuoso, en el que en una cárcel y con un condenado por sedición se están ventilando también importantes asuntos de Estado y del que por mucho papel o texto conjunto que se firme, la opinión pública no va a tener cumplida información. Y la poca que le llegue no será de fiar porque en especial el candidato socialista ha mentido tanto, ha fingido tanto y se ha contradicho tanto que carece de toda credibilidad.

Por ahora, Sánchez  ha hecho gala de una debilidad asombrosa,  que en igual medida ha envalentonado a los independentistas. Ha pasado por carros y carretas y cumplido todas las exigencias gestuales y verbales de ERC. Todas las piezas han ido encajando en el momento programado. Salvo el acuerdo. 

Un pacto que no llega, al menos con la celeridad que se presumía. El pagano o culpable oficioso está  siendo la Abogacía del Estado, cuyas alegaciones –pedidas por el Supremo-  el Gobierno está retrasando hasta que no le quede más remedio que hacerlas llegar al alto Tribunal.  Son parte de la negociación. El resto de personados en la causa ya lo han hecho. 

El quid de la demora no reside, como se pretende “vender” desde Moncloa, en la dificultad técnica y/o jurídica del documento, sino en que el acuerdo, al menos a la hora de redactar estas líneas, no está ni mucho menos cerrado. Hace unos días desde el Ejecutivo se pedía prisa a todo el proceso negociador. Ahora, sin embargo, hay que dejar trabajar a la Abogacía con la tranquilidad debida. Una enorme engañifa. 

La realidad es que la mesa de negociación entre Gobiernos que demanda ERC sigue estando coja. Según informa la prensa catalana, pese a los acuerdos verbales, fuentes de la negociación reconocen “dificultades” a la hora de plasmarlos sobre el papel. 

Los desencuentros  residen en el formato de ese pretendido espacio de diálogo, en las garantías de cumplimiento de todo aquello que se apruebe y en la fijación del calendario de turno. Sea como fuere,  el caso es que vamos terminando el año sin Gobierno, sin saber cuándo lo habrá y sin idea de a cambio de qué.

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