Octubre misionero

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ien años se van a cumplir de la promulgación por  Benedicto XV de la carta apostólica Maximum illud sobre la propagación de la fe católica, en la que el pontífice recordaba el pasaje bíblico  del “Predicad en Evangelio a todas las naciones” y establecía la evangelización del mundo como deber permanente de la Iglesia. 
Para conmemorar fecha tan señalada, el hoy papa Francisco ha pedido a toda Iglesia que durante el presente mes de octubre se celebre un tiempo misionero extraordinario, con el objetivo de renovar el compromiso “ad gentes” de la misma.  Su jornada central fue la de ayer, en coincidencia con el día del DOMUND. 
Resulta de interés señalar cómo ya hace cien años y en aquellos turbulentos tiempos Benedicto XV instaba a los misioneros a evitar nacionalismos; a no mezclar su “sublime tarea” con intereses de patrias terrenas de origen. Esa sería –escribió gráficamente- la más infecciosa peste para la vida de un apóstol. Y se remitía al  “Olvida a tu pueblo y la casa de tu padre” que canta el salmista.
También les apremia al estudio de las respectivas lenguas indígenas o vernáculas y a “dominarlas y manejarlas con destreza”, sin que bastara un conocimiento elemental de ellas, porque quien maneja bien un idioma –anota- puede cambiar fácilmente los ánimos de los naturales. 
Su pontificado fue eclipsado en gran medida por la primera guerra mundial, que él llamó “el suicidio de la Europa civilizada”. Fracasados sus intentos de mediación, centró esfuerzos en tareas humanitarias para aliviar los impactos de la contienda. Las misiones católicas habían sufrido  también grandes daños y de ahí su propósito de revitalizarlas con la carta apostólica que comentamos. No en vano se le considera como el papa de las misiones.
Muy en sintonía con el que fuera predecesor en los años 1914-1922 el papa Francisco ha aprovechado la efeméride para en su mensaje de la jornada de ayer recordar que la Iglesia sigue necesitando hombres y mujeres que en virtud de su bautismo respondan generosamente a la llamada de salir de su propia casa, su propia familia, su propia patria, su propia lengua, su propia Iglesia local para anunciar la palabra de Dios y dar testimonio del Evangelio.
Desde su misma fundación, la Iglesia ha ido ensanchando a lo largo de los siglos el campo de su acción misionera. Hoy, lógicamente, los tiempos son otros, otro el concepto de territorio de misión y otros, por tanto, los retos. Y uno de éstos es la globalización de la indiferencia ante el hecho religioso y la falta de fé.
Lo comentaba hace unos días el director de  Obras Misionales Pontificias (OMP) en España, José María Calderón. Desde Occidente –lamentaba- tal vez estemos exportando a los territorios de misión nuestra indiferencia religiosa. Asia, África, América son continentes con un gran sentido de la trascendencia. Pero la globalización está llevándoles nuestra pobreza espiritual. 

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