Rezando con los pies

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No saben cómo necesito que pasen estos cuatro días. Despertar un Domingo de Ramos, niña otra vez, con la ilusión viva recorriéndote el cuerpo. Aunque hoy ya no son palmas, no es una rama de olivo, no es agitar el brazo abrazando la entrada triunfal. Es un trono, es mecerlo, es la responsabilidad de su peso, trascendental y emotivo. Es un lunes  amargo acompañando al rey. Es viajar a un martes de columna, pero también, verde. Tan verde que explota inundando las calles, llenándonos el alma mientras aguarda esperanzada, sin descanso, como sólo una madre sabe hacerlo. Es vivir el cautiverio de un miércoles hasta que ella nos libere, aún teniendo que terminar, al fin, en soledad y penitencia. Es el llanto de un jueves en angustia acercándonos después a ser testigos de la oración del que acabará apresado, nazareno, antes de la crucifixión misericordiosa abriendo paso al canto de la piedad más sentida. Es encuentro doloso en un viernes que preside el caminar lento del entierro, de una urna custodiada con seriedad y el vagar de la pena en carne de dolores. Es arrastrar contra los adoquines una cruz y ver a lo lejos otra, centinela, cubierta por el sudario, con el discípulo amado detrás y una madre que arropa bajo su manto y guarda siete dolores en su puñal. Es silencio, es dolor, es recogimiento, es canto. Es la espera de un resurgir eterno, unas horas ante el estallido de la vida eterna. De la salvación.

Es todo eso y mucho más. Son horas midiendo los pasos, escuchando marchas, vibrando con cada movimiento. Es un sentimiento infinito que te expande el alma, que te libera, que cura cada herida. Es devoción, es rezo, es pasión, es purga, es credo.

Son las ganas de inundar la ciudad, de hacerla aún más grande, de dar un paso al frente para enorgullecerla. De que sea majestuosa en esa unión de tradición y fe. Son las lágrimas en cada levantada, con el corazón vibrando con un solo de corneta. Somos nosotros, sois vosotros. Somos todos. Que pasen estos cuatro días, que llegue la semana más grande del año. Que llegue, en definitiva, la gloria. Sólo me queda decir ¡Al cielo con ellos, de frente! Y que retumben los tambores en la noche.

Rezando con los pies