Opinión pública

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Casi se ha convertido en una ciencia, nos referimos a la desinformación. Aunque a primera vista podría parecer demasiado osado, sin embargo, se podría crear una nueva disciplina académica: la Facultad de Ciencias de la Desinformación.
Una sociedad desinformada (“la verdad os hará libres”, Juan 8:31-32) nunca será verdaderamente feliz. La mentira esclaviza. Muchos ciudadanos creen que mirando los informativos de televisión, o leyendo algunos periódicos de tirada nacional, es suficiente para saber lo que ocurre en el mundo. Nada más lejos de la verdad.
En este mundo globalizado, donde la información fluye hacia todas partes cruzándose en todas las direcciones, cada vez se hace más difícil distinguir el grano de la paja, la información de la desinformación. Los grandes medios de comunicación están en manos de accionistas, de banqueros, y de oligarquías poderosas dedicadas al negocio de las noticias.
Además defienden unos determinados valores, que en muchos casos no tienen nada que ver con la libertad ni la democracia. Intentan crear un “hombre nuevo”, es decir, un individuo colonizado por esos valores, incapaz de analizar desde el punto de vista crítico cualquier situación política o geopolítica, en Román paladino, un individuo con hábitos “ovinos”. Sus creadores le llaman “opinión pública”.
En teoría, cuantos más medios de comunicación privados –y también públicos– haya compitiendo mejor informados deben estar los ciudadanos. Pero las cosas no son así. Aunque los medios públicos tampoco garantizan una información veraz, puesto que están a las órdenes del partido que esté en el poder. Lo que sucede es que sus “dueños” –en este caso sus gestores– son identificables. Cosa que no siempre ocurre con los medios privados
Sin duda, cuando se crea una empresa es para ganar dinero. Pero las empresas mediáticas no son cualquiera cosa. Fabrican otros “productos”. Aunque funcionan como entidades mercantiles, su rol en la sociedad es diferente. Su incidencia es de tal envergadura, que de ellas puede depender que los ciudadanos, en un determinado momento o situación, hagan una elección correcta o equivocada. Y ahí radica el gran problema. Sin una información amplia, veraz y confiable no es posible tomar decisiones acertadas.
En una sociedad libre, plural y democrática los ciudadanos tienen derecho a recibir información puntual y fiable. Sin embargo, es un hecho constatable –y también contrastable– que las empresas mediáticas manipulan la información.
Muchas veces el periodista-corresponsal no se limita a informar objetivamente lo que está ocurriendo sobre el terreno, sino que toma partido –en el caso de los conflictos– por una de las partes, “interpretando” los hechos de acuerdo con la línea ideológica de la cadena de televisión o la del periódico para el que trabaja.
Así que, en esos casos tanto el telespectador como el lector estarían recibiendo información sesgada, contaminada, puesto que fueron expuestos a un reportaje tendencioso y poco profesional. Se han dado casos –Libia fue uno de ellos, como se demostraría más tarde– en los cuales se llegaron a construir historias totalmente falsas.
Desde la ética en general, pero sobre todo, desde la periodística en particular, estas maneras son reprobables.
Hoy apenas existe diversidad de opiniones en los medios de comunicación europeos, su visión de los sucesos mundiales no difiere gran cosa. Mantienen una visión eurocéntrica y neocolonial.  
La manipulación informativa puede alcanzar tal punto, que cuando es sostenida en el tiempo, puede llegar incluso a cambiar el curso real de los propios acontecimientos. Con frecuencia se cambia una realidad para construir otra, la que más se ajuste a los intereses dominantes. Que además casi nunca coinciden con los de los ciudadanos.
El método es descontextualizar los hechos, utilizar eufemismos, metáforas, medias verdades, falsas filtraciones, etcétera. Es una especie de proceso simbiótico hasta que logran construir tendencias o estados de opinión. A partir de esos estados se alcanzan los objetivos previstos.

 

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