Dar la nota

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Yo sigo sin ver la solución a la gobernabilidad de España tal y como van las cosas; es verdad que en política quienes se insultan hoy se pueden abrazar mañana, pero no es fácil y lo peor es que las dificultades no son tanto de programas como personales. Aquí hay un enfrentamiento excesivo y difícilmente solucionable a corto plazo. Pero sobre esto escriben ya todos los colegas columnistas de uno y otro lado.
Si se me permite, vamos a lo aparentemente frívolo de las sesiones. Quien esto escribe presentó un informativo en una cadena nacional de televisión hace ya muchos años con un muy discreto pendiente de aro en la oreja y luciendo una coleta cuando Pablo Iglesias debería estar haciendo el COU o lo que le tocara. Quiero decir que ni fui ni me considero ahora uno de aquellos personajes del inolvidable don Antonio Mingote tocado con sombrero, bigotillo y eternamente cabreado. Fue una época en la que yo era así y coincidió y no cambié a la hora de presentarme ante los espectadores porque parecía necesario –al menos eso pensaba yo– quitar de “las noticias” esa pátina de verdad revelada e indiscutible y traté de explicar con palabras, pendiente y coleta que cuánto se contaba allí era serio pero no indiscutible. No sé si acerté o no. Eso ya da igual.
Pero hecha esta confesión de parte y tal vez porque uno se va petrificando un poco lo quiera o no, me resulta desconcertante la necesidad de eso que llamamos “dar la nota” casi por obligación, de una forma estudiada, medida, innecesaria la mayoría de las veces y que sólo intenta asegurar la foto y ocupar el titular. Alguna vez escribí sobre este tema a propósito de los premios Goya y el estudiado aspecto de “sin techo” con el que algunos (ellos) acudían a la gran fiesta del cine nacional.
Pues hay que volver. El Congreso es lo que es, lo mismo que el palacio de la Zarzuela o la alfombra roja de los Goya. Por eso me resulta chocante –tampoco me preocupa demasiado, sólo chocante– que, por poner un ejemplo, Pablo Iglesias acuda en pleno invierno en mangas de camisa al encuentro con el rey y a los pocos días se ponga una de esmoquin para ir a los Goya. ¿Algo no cuadra? No, cuadra perfectamente todo porque tan raro es que vaya a La Zarzuela en mangas de camisa como que se ponga pajarita para los Goya. Se trata de dar la nota, de asegurar la foto, de llamar la atención y vestirse de eso tan antiguo que se llamaba antes “subversivo” y que no parece, en las formas, tener ya mucho sitio en una sociedad como la actual.
No soy quien para dar consejos a nadie, pero la sobreactuación termina siempre cansando al respetable, porque va perdiendo credibilidad. Pablo Iglesias utiliza la tribuna del Congreso con el tono que se empleaba en los mítines universitarios de los 70, termina su discurso y camina puño en alto hasta su escaño y culmina la faena con el beso en los morros –foto segura– a Xavier Domènech al mejor estilo del que se propinaron Erich Honecker, de Alemania Oriental, y Leónidas Breznev y que dio la vuelta al mundo.
Este idioma nuestro matiza maravillosamente la diferencia entre el ser y el estar. Y solo Charles Baudelaire se empeñaba en ser sublime sin interrupción. Y ni se puede ni se debe. Conviene descansar de vez en cuando y renunciar a ser el centro de todas las miradas. Algún día Pablo Iglesias se cansará de estar siempre en Pablo Iglesias y tal vez entonces habremos ganado un buen político.

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