La blasfemia y el bufón

|

Hace unos días escuché, de modo circunstancial, cómo un individuo, con toda la apariencia de moverse con soltura en la cucaña más zafia de la política, pretendía hacer pasar el uso, y el hábito, de la blasfemia como una simple elección alternativa del sujeto, a demanda de voluntad y según oportunidad del momento, exenta de todo vicio de origen moral y religioso, y desde luego sin posible lectura jurídica de reprensión. Parecía del todo inútil intentar hacerle ver cuál es el verdadero alcance de la blasfemia, la conducta desordenada que representa y su esencial sentido irrespetuoso hacia los demás y, naturalmente, hacia sí mismo. 
Es en la banalización del lenguaje, en la trivialidad simiesca de los gestos y en la relativización procaz de las costumbres, donde se acogen a refugio los primeros síntomas de decadencia de una sociedad, y pronto aparece como definitivamente reveladora la pérdida del sentido de lo sagrado, característica fundamental del espíritu del hombre en cuanto que expresión plausible de grandeza y altura moral, de refinamiento intelectual, de aspiración a la belleza y a la conformación de un alma elevada, selecta y noble. 
Escuchando a este bufón de sí mismo, tan seguro en su simpleza, y hasta tan ufano de sus desahogos, acomodando sus muecas de hastío y desenfado, indulgentes para con su interlocutor, y arrellanado en su asiento de meritorio de tertulia, seguramente cobrando y todo, es muy fácil reconocer la dificultad de regeneración de una sociedad en la que este sujeto es alguien, incluyendo protagonismo político. 
Blasfemar, claro, es injuriar, ofender, con palabras de violenta gravedad, la dignidad, el honor, el mejor crédito, de algo o alguien, y por elevación fidei suprema, a Dios mismo, a los ojos del creyente. 
Esta consideración más general que define la blasfemia, es muy evidente, explica por sí misma los muy diferentes aspectos, todos ellos severos, que alcanzan al hecho de blasfemar, y desde luego al blasfemo mismo. 
“La ley, la moral y el decoro prohíben la blasfemia”, podía leerse en un recuadro metálico a propósito que exhibían las estaciones de tren en toda España durante los años cincuenta del pasado siglo. Como es de ver, acaso para sorpresa de pazguatos, ninguna alusión concreta de carácter expresamente religioso, pero a este bufón de tertulia al que me vengo refiriendo habría de bastarle, muy de seguro, con la época en que esta frase era recomendación pública y, cómo no, el régimen político que la inspiraba, para afirmarse en su discursito de hoy de  blasfemo irredento. Por eso se la brindo, que la ley le es ajena, y de moral y decoro va desnudo y escuálido.

La blasfemia y el bufón