Respeto por las mascotas

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ntes de adoptar a mis dos perros, ambos de raza mediana grande, algunas personas que conocían mis intenciones arremetían literalmente contra mi idea de meter a los canes en un piso. Decían cosas como que no tendrían espacio suficiente o que tener un animal “encerrado” en noventa metros cuadrados es una forma de maltrato que no se puede consentir. Por supuesto, salía a colación el asunto del olor de los animales y la suelta de pelos en la casa, entre otras cosas por el estilo.
Estas afirmaciones contrastaban con lo que me habían comentado desde las protectoras con las que contacté, por lo que antes de dar el paso definitivo volví a realizar las preguntas pertinentes a los profesionales y su respuesta fue la misma, que debería asumir el compromiso de satisfacer las necesidades de ambos perros, pese al sacrificio que ello suponía.
Como era de esperar, atendí las recomendaciones y consejos de aquellos que salvan la vida de decenas de perros cada día quienes, por cierto, me hicieron superar trámites y supervisiones antes de entregarme a los dos perros y la experiencia después de varios años con los canes en casa no puede ser más enriquecedora.
Sus necesidades de higiene y alimentación están perfectamente cubiertas, salen un mínimo de cuatro veces al día con paseos largos y muchas veces, siempre que se puede, sin correa para que puedan disfrutar más de la sensación de libertad. Es más de lo que me habían recomendado cuando me entregaron a unos animales que en su día fueron abandonados y maltratados por sus antiguos dueños.
Y resulta que hace unos días me encontré con uno de aquellos que se echaban las manos a la cabeza porque iba a tener dos perros en mi piso, donde convivimos, además, cuatro personas. Por supuesto, hizo oídos sordos acerca del bienestar actual de los animales y volvió a censurar que los tenga en casa y casi de inmediato comenta, como si tal cosa, que le había muerto recientemente un perro sin saber por qué, aunque sospechaba que pudo ahorcarse con las cadenas que lo sujetaban a las barras de hierro de un portal.
Mi indignación fue superlativa y la del también cuando le dije que haría lo que estuviera en mi mano para que nunca más pudiera tener un perro o cualquier otro animal encadenado a perpetuidad, expuesto a las inclemencias del tiempo, sin horarios para las comidas, muchas de ellas incluso en mal estado, nulo cuidado veterinario y amedrentado ante la posibilidad de que al dueño se le ocurra darle una paliza por un ladrido inoportuno.
Hay decenas de perros que sí, viven al aire libre pero presos, sin más horizonte que el largo de la cadena que los ata. Y esa gente me dice a mí que maltrato a mis perros porque los tengo en un piso, cuando me someto voluntariamente a inspecciones periódicas de las protectoras que me entregaron los perros a pesar de que, según me dicen, con el historial veterinario y con mis aportaciones, ya no es necesario. 

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