La sonrisa del tiovivo

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Hasta que la crisis golpeó y noqueó a muchos políticos, una buena parte de ellos solo pensaba en dejar un legado a base de ladrillos. El hecho de tener una placa en la obra de turno era suficiente para colmar el ego y anunciar a los cuatro vientos lo “bien” que se habían gestionado los dineros públicos. Fueron tiempos en los que todos insuflaban aire a una burbuja que no tardó en explotar, de modo que en un pequeño lapsus de tiempo se pasó de la bonanza a los ya tan manidos y denostados argumentos de los ajustes, los recortes y la austeridad. Muchos de los gestores que se habían especializado en el cemento no supieron adaptarse a los nuevos tiempos.
La situación era tan abrumadora que en este momento solo vale la política que piensa en las personas, sobre todo en las que más han sufrido la crisis. Y es ahí donde los nuevos rectores deben acentuar su esfuerzo. Es evidente que las administraciones, sobre todo las locales, tienen recursos limitados y les es imposible atender toda la demanda, pero sí pueden establecer pequeños nichos de igualdad.

La sonrisa del tiovivo