Atila

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mediados del siglo V, o sea hace más de mil quinientos años, los hunos dirigidos por Atila protagonizaron uno de los episodios más absurdos y decisivos de la Historia. Absurdo porque el suyo fue un viaje a ninguna parte: partiendo de las estepas rusas se dirigieron hacia Occidente hasta llegar a las fronteras romanas del Rhin y del Danubio, el famoso limes que separaba la civilización de la barbarie. Eran nómadas, así que lo suyo consistía en avanzar y moverse, sin otra finalidad que la de aprovecharse de lo que encontraban sobre el terreno. La historia está llena de este tipo de desplazamientos de pueblos que acababan invadiendo territorios ajenos.
No fue el caso que nos ocupa, el de los hunos, que hicieron el viaje pero sin encontrar su sitio en ninguno de los lugares del enorme espacio que recorrieron, entre Asia y Europa. Es verdad que durante algún tiempo dominaron un ámbito territorial bastante amplio, haciendo huir a sus antiguos habitantes o sometiéndolos. Los más afectados fueron los pueblos germánicos, asentados por entonces en el este y en el centro de la actual Europa y que acabaron apelotonándose en las ya mencionadas fronteras del Imperio Romano, en las riveras del Danubio y del Rhin.
Durante los casi veinte años en que Atila tomó el mando de su pueblo, la cosa se puso fea pues el avance de los hunos, sin tener un fin muy claro, se hacía cada vez más amplio y violento, convirtiéndose en una amenaza terrible tanto para bárbaros como para civilizados. Roma, que no estaba en su mejor momento, medio invadida por los germanos, lideró finalmente la resistencia con la ayuda de los visigodos y sus congéneres. Gracias a eso el temible y poderoso Atila fue derrotado en la famosa batalla de los Campos Cataláunicos el año 451.
Se trató en realidad de una victoria pírrica, pues aunque los hunos desaparecieron como si nunca hubieran existido, apenas veinticinco años después de la famosa batalla, Roma sucumbió también a las invasiones germánicas y la historia de Occidente tuvo que reinscribirse durante muchos siglos. Así que Atila y los suyos, que no consiguieron incluir su nombre entre las grandes civilizaciones, ni siquiera entre las pequeñas, contribuyeron a provocar una de las mayores catástrofes históricas: la caída del Imperio Romano de Occidente.
La Historia enseña que nadie se puede sentir seguro atrincherado en unas fronteras aparentemente sólidas, contemplando las tragedias de sus vecinos como si no fueran con ellos. Las consecuencias históricas de los planteamientos mezquinos son enormes, no querer ver los grandes problemas globales como propios es un error que se puede pagar muy caro. Al fin y al cabo en muchos aspectos no deja de ser más que un problema de egoísmo colectivo.

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