EN EL AMOR, EN LA GUERRA Y EN LA POLÍTICA

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El Tribunal Supremo ha archivado de modo definitivo la denuncia presentada contra el antiguo numero dos del PSOE, José Blanco. Su nombre se vio salpicado durante la instrucción del sumario del conocido como caso Campeón tras trascender un misterioso encuentro en su coche oficial entre el entonces ministro de Fomento y Jorge Dorribo en una gasolinera de Guitiriz.
En total han sido unos 22 meses en la picota hasta que los tribunales han decidido que su actuación no fue delictiva. De este modo, Blanco ve como su nombre queda limpio. Sin embargo, lo que la última decisión judicial no puede, es devolverle las oportunidades perdidas.
El socialismo gallego intenta reconstruirse en torno a la figura del presidente de la Diputación de Lugo, José Ramón Gómez Besteiro. Cuenta con el respaldo que le da el saberse ganador del proceso de primarias impulsado contra viento y marea por Pachi Vázquez.
Aun así, de lo que nadie duda es de que si Blanco no hubiera estado salpicado por el escándalo provocado por Dorribo, en estos momentos, el aspirante a medirse con Núñez Feijóo en las próximas autonómicas seria posiblemente el político de Palas de Rei, que cuenta con un gran cartel electoral y conocimiento entre la ciudadanía.
Este es el precio que se paga en España por haber asumido que la figura del imputado (creada para que un acusado se pueda defender con más garantías) es en realidad la de acusado.
Lo curioso es que este error tan habitual entre los políticos (sobre todo cuando el caso judicial estalla en las filas de enfrente) fue cometido por el propio Blanco, otrora azote de la oposición, quien se hartó de pedir la cabeza de cuanto miembro del Partido Popular pasaba por el despacho de un juez para algo más que desearle los buenos días.
Es posible que el sufrir en carnes propias ese escarnio y la falsa acusación calme los ánimo del exministro, pero lo normal es que haga de tripas corazón y vuelva a usar las armas que la dialéctica le ponga al alcance para conseguir sus objetivos, por mucho que sepa que el daño que provoca pueda ser irreparable.
Queda claro, pues, que los partidos han asumido que en política vale todo, aunque con su actitud lo único que consigan es que cada vez su figura esté más deteriorada y desprestigiada.

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