La licuación del Estado de Derecho

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Acabo de leer un sugerente artículo del profesor German Teruel estos días en el blog Hay Derecho sobre el pensamiento líquido y su proyección, en tiempos de pandemia, al Estado de Derecho. Su conclusión, bien clara: se está licuando el Estado de Derecho. Así es, la proyección del pensamiento líquido que explicó Bauman hace tiempo ha penetrado con fuerza en la Democracia y en el Estado de Derecho hasta terminar por licuar, liquidar, los fundamentos de un modelo político basado en la limitación del poder y en la participación ciudadana -Democracia- y en la juridicidad, separación de los poderes y reconocimiento de los derechos fundamentales –Estado de Derecho-.

Como es sabido, Zygmunt Bauman, fue un famoso sociólogo polaco de origen judío fallecido en enero de 2017 en Leeds, ciudad en la que se estableció en 1972 para enseñar en su Universidad tras ser declarado persona non grata por el régimen comunista polaco en 1968. Mundialmente se le conoce como el intelectual que puso en circulación en 1999 la idea de la modernidad líquida, esa característica de la organización social en la que todo es pasajero, inaprehensible, en continua y constante transformación. Hoy, su pensamiento está de gran actualidad a causa de esta pandemia que tan fuerte nos golpea desde tantos ángulos, desde tantos puntos de vista, no sólo, aunque sea el más importante, el sanitario.

Zygmunt Bauman era, es, porque sus ideas siguen presentes, un pensador, un intelectual de los que prácticamente ya no quedan. Se compartirán o no sus tesis, pero en el tiempo en que vivimos, especialmente ahora en plena pandemia por el COVID-19, sus reflexiones resuenan con fuerza en un mundo dominado por lo que llamaba el “precariado”, una forma de referirse a la forma de vida a que son sometidos millones de seres en la época de la globalización, hoy multiplicados por los efectos laborales de la pandemia. En efecto, en lo que el denominaba “vulnerabilidad mutuamente asegurada” se encierra uno de los grandes males de este tiempo: la indiferencia ante el sufrimiento de los demás. Hoy, en tiempos del coronavirus, no tenemos más opción que superar esta insensibilidad y ser solidarios con tantos millones de personas que en el marco de esta crisis van a engrosar multitudinarias listas de ciudadanos necesitados de protección social.

El pensamiento líquido, según Bauman, parte de un a priori: todo está en cambio, no hay nada seguro, lo sólido no existe. Es, qué duda cabe, una buena descripción de una realidad que esperemos se transforme tras la pandemia. En estos días los valores humanos han vuelto al lugar que les corresponde, la solidaridad ha hecho acto de presencia con intensidad, la dignidad del ser humano está recobrando su posición en las convicciones de tantas personas de bien. Sin embargo, es verdad que, en sentido contrario, se ciernen graves peligros sobre todos nosotros en forma de autoritarismos que aspiran a controlar la vida de las personas, restringiendo o eliminando muchas de las libertades que tanto esfuerzo nos ha costado recuperar. Hasta ochenta y tres países, según un reciente informe de Human Rights Watch lesionan las libertades en este tiempo de excepcionalidad sin aparente resistencia.

Aplicado este pensamiento sobre la democracia comprobamos como la limitación del poder es atacada por el poder mismo, sea público o privado y, por otra parte, la participación social empieza a ser trasunto de la colosal operación de manipulación iniciada décadas atrás. Además, el control deja de ser independiente, pues se transforma en sumisión y obsecuencia ante el sujeto pasivo del control, los derechos fundamentales de la persona se conceden a quienes se alinean con el sistema y la separación de poderes se convierte en una fenomenal terminal de expresión de un poder único que se impone a diario.

La superación del pensamiento líquido y el regreso al pensamiento humano depende de la naturaleza de nuestro compromiso con la libertad y el Estado de Derecho, de si seremos valientes para comprometernos con el pensamiento abierto, libre y crítico o si preferiremos, por cómodo y confortable, el silencio o la condescendencia en que llevamos instalados ya mucho tiempo. He aquí el dilema

La licuación del Estado de Derecho